Después del samadhi, no olvides comprar el pan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En algunos momentos flotamos sin peso, parecemos ascender al cielo, recogemos los mensajes que brotan como aromas desde el ser y los transcribimos fielmente. Pero luego hay que volver a tierra y hacer nuestros deberes cotidianos. Somos humanos y hay que arreglar cuentas, hablar con la familia, comprar comida, hacer encargos, resolver conflictos… Todo se amontona pesadamente cuando miramos la vida común desde la perspectiva de lo real, desde la nube de la que acabamos de aterrizar.

Hay que armonizar nuestra relación con la materia para que esto no sea traumático, sino algo enriquecedor y que brota desde la serenidad interna. Nuestra visión ha de ser equilibrada y debe permitirnos evaluar la realidad con ojo crítico. Sólo así podremos emprender pronto un nuevo y realizador vuelo espiritual. Tenemos que decidir nuestros intereses de investigación y las necesidades colectivas a las que podemos y debemos responder. Pasamos por ciertos riesgos al entregarnos a las experiencias internas (desdoblamientos, canalizaciones, retiros de silencio, ayunos…), pero después de un tiempo tenemos que volver otra vez a esos mundos como si fueran lo único que merece la pena en nuestra vida. Nos entusiasmamos por esas aventuras divinas y aunque en lo humano rozamos las lindes de la locura, seguimos adelante.

Totalmente humanos y plenamente divinos es el lema. Amigos, tecnología, amantes, creatividad, distracciones, hijos… Al final hemos de sentirnos individuos independientes, capaces de educar y transmitir la libertad a los otros, capaces de respetar a cada uno por el ser que es y no por lo que tiene o por su aspecto. Los niños cristal que ya aparecen en las cuatro direcciones de manera colectiva están aquí no para complacer a sus padres ni para ser como ellos en un modelo mejorado, sino para hacer lo que sus padres no se atrevieron nunca a llevar a cabo, lo que atemoriza el corazón de sus padres. Incluso se enfrentan con los viejos conflictos familiares enquistados entre hermanos, abuelos, familia política, etc. La misión de muchos de ellos es comenzar por todo lo que ha quedado pendiente de resolver en el pasado familiar.

Escondida en el corazón paterno está soterrada esa ansia de infinito y de libertad que caracterizó a los setenta y ochenta de nuestra juventud, y ahora estamos pasando esa antorcha a nuestros hijos y nietos. Sacamos la cabeza fuera de la frontera de lo conocido y gran parte de esa generación volvió a meterla dentro, asustada por la falta de límites que contemplaba. Ahora ya no hay tiempo que perder y todo ha tomado una intensa velocidad crucero. Tenemos que aprender a salir y a entrar, a caminar dignamente por el tonal y a volar por el nagual, maestros de los dos caminos sin elegir ninguno de ellos por encima del otro.

Existen ayudas y seres guardianes de los dos lados del velo que nos empujan a pasar, que nos protegen en el viaje y que no nos dejan quedarnos allí por demasiado tiempo. Tenemos que coger el poder con nuestras manos y saber entregarlo a los que siguen, dejarlo que nos invada sin monopolizarlo para nosotros, como galandriel ante frodo, tenemos que pasar la prueba del espíritu y volver a la cordura. Después de cada batalla hay que descansar, hay que sudar, distraerse, trabajar, amar, y luego volver a los altos vuelos, equilibrando la luz y la oscuridad en nuestras vidas.

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