6 de Septiembre: la danza de los alimoches

 

El amanecer escandaloso por sus colores, su paz y su aire fresco. A lo largo de los días colecciono media docena de momentos extásicos, relacionados con el aire fresco y vitalizante entrando en mí. ¡Qué placer y que sensación de plenitud! Pasan las horas y no me entero de nada, tan sólo fluir en el instante presente (el ahora no deja huella ni memorias). Después una pareja de alimoches (buitres blancos) nos deleita con una preciosa danza mientras el sol está pegando fuerte (de ocho a tres de la tarde sin descanso). Es como un juego o un baile de apareamiento a pesar de las fechas en las que estamos, y dura una eternidad. Cada vez más me quedo quieto sin moverme y ni siquiera me molestan las posturas incómodas, lo esencial es desaparecer en la inmovilidad.

El concierto de moscardones y abejas se asemeja a una sinfonía de tubas y trombones. Cada uno de ellos tiene su propio sonido distinto de los otros y hay como siete familias distintas de moscardones cada uno con su frecuencia propia y su aleteo particular. Unos se dedican a la contemplación, otros a perseguir moscas, los terceros hacen cabriolas para los espectadores y aún algunos se dedican a experimentar con posturas imposibles o a coleccionar diferentes olores ambientales. Ni molestan ni se asustan fácilmente. Van a lo suyo sabiéndose los reyes del heliopuerto casero.

Las abejas viven en otra dimensión, a veces se paran delante para observar, pero sus mundos no se mezclan con otras especies. De repente cae un moscardón o una abeja dorada muerta sin más, con un color tan brillante que se asemeja a un colgante de oro amarillento y rosado. Hace calor, mientras que ayer noche no pasábamos de siete grados. El cuerpo se va aclimatando. Ganas de tomar posturas primarias, como un niño indígena para recibir la brisa y contemplar cualquier cosa, desde el paisaje hasta una flor de tomillo. Muchas aves en el cielo: grajos, vencejos, buitres, diferentes pájaros… Puedes estar media hora sin una sola mosca encima.

Llega la tarde sin sol. Aquí la vía es replegarse sobre sí mismo y unificarse con todo. Se siente el aliento de la madre tierra y la unidad con su piel hecha de pliegues montañosos, como si fuera nuestro propio cuerpo desnudo. Desaparecen hasta las ganas de cantar para no alterar la armonía del lugar, como un árbol o una piedra más. Un grupo de unos treinta buitres siguen revolviendo la masa de aire como si estuvieran preparando mayonesa estelar. Murciélagos al filo de la noche y pájaros que se lanzan en picado desde el cortado, como una espada que rasgara el viento, con ese sonido ffflllaaaahh que produce escalofríos. Después de más de una hora inmóvil, he oído y visto a un pico carpintero que hace metódicamente su trabajo al ritmo tactactac. Cuando se oye ese sonido es que el bosque te acepta como parte integrante de su ser, porque estos pájaros son extremadamente sensibles a cualquier alteración y su presencia serena al bosque entero que se siente seguro.

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