15 de Julio: Las catedrales etéricas


Llahtakunah atipayninwanqa, tihsimuyuta kuyuchisunchismi
: ¡Con el poder de los pueblos moveremos el mundo! (Navajo).

Los guerreros del nuevo tiempo no se dedican únicamente a orar, decretar o cantar. Sino que actúan de manera justa según los dictados de su corazón. Es el tiempo de redimir a la oscuridad y a los que la siguen. Para ello la oración sirve de poco, ya existen demasiadas religiones y maneras de relacionarse con lo divino. E incluso las soluciones técnicas no funcionan. Lo que hace falta es la presencia del fuego del entusiasmo y la entrega.

El buda Sakyamuni enseñaba a no creer automáticamente lo que oímos, ni siquiera a las tradiciones por ser tan antiguas, y mucho menos a los rumores populares o a los escritos de los sabios. Ni siquiera debemos creer en las palabras que canalicemos o que nos inspire un deva de la naturaleza o una divinidad celestial. Tampoco en las hipótesis que deducimos intelectualmente ni en la autoridad de nuestros maestros. Sólo hemos de creer en todo lo anterior si está corroborado por la experiencia, por la razón y por nuestra conciencia. “Eso es lo que os enseño a creer lo que en conciencia creéis, y desde allí podáis obrar de manera fecunda y en plena conformidad con vuestras elecciones”.

No hay nada que se manifieste de manera equilibrada si no tiene en sí mismo una unión armoniosa de las energías masculinas y femeninas. Todas las actividades humanas trabajan con ambos principios, no sólo en la creación de la vida. Por ejemplo en un coro clásico hay que fundir las voces altas con las bajas, las tonalidades femeninas con las masculinas, y eso debe lograrse en una frecuencia elevada que permita expresar la intensidad y el arrobamiento del alma y del espíritu. Así llega la paz, la plenitud y la alegría a los corazones tanto de los que cantan como de los que escuchan, e incluso son capaces de crear una especie de catedral de formas geométricas y de ondas energéticas que limpia psíquicamente la Tierra. Esta magia es luminosa y liberadora, y cuanto más puros e inocentes sean los pensamientos de quienes protagonizan el canto (las voces blancas) más poderosa será la irradiación y más bella la composición etérica que rodeará al lugar donde se canta. Como si esta acción espiritual fuera capaz de crear entidades espirituales de alta frecuencia que llenan de poder el lugar de la representación y mantienen ese poder a lo largo de los tiempos, lo mismo que cuando seres de altura espiritual bendicen un oratorio o acampan en un bosque centenario.

El Eclesiastés afirma:

«No hay hombre en la Tierra ni en el Cielo que tenga poder
sobre el Espíritu para limitar al Espíritu.»

 

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