Arco Iris: Comunidad Tántrica
Tres años
de transformación y alegría.
Por Mushala |
Me enteré de
Lizaso y sus cursos de carambola: Rosa, mi compañera
de trabajo psicológico en el hospital, me dio
un programa que pescó en un mercadillo de Pamplona.
Yo barajaba al diseñar mis vacaciones, posibilidades
como volver a California, ir cerca de Paris a un cursillo
de naturismo o ... asomarme a Lizaso en Pamplona por
eso de cumplir el slogan de entonces: " Consuma
productos españoles". Me dije: " por
muy malos que sean dándolos, el resultado de
estos cursos depende de mí y cómo yo
me implique en un ochenta por ciento"(ahora siento
que... ni se sabe, pero que la Fuerza, el entorno de
Energía del oasis que allí te encontrabas,
permitían al más anémico revitalizarse
con platos bien nutritivos).
Me dije: Entraré a jugar a todas.
Me recibieron Nalina y Sundari; discretas pero observadoras pasearon su mirada
escrutante, y tuve la sensación de que se fijaban en mil cosas a la
vez.
Shankar andaba por allí con túnica roja y daba un toque exótico
al asunto. Estaba explorando el iris a alguien y le explicaba con claridad
sus males y los remedios naturistas disponibles. Le entregó una hoja
con dibujitos e instrucciones didácticas.
"Llegas a comer justo". Puse cara de?. Era las once y media de la mañana.
Alguien venía de una charla de un tal Emilio. Las azafatas le preguntaron: “¿qué tal
la charla, de qué fue? ". "Pero qué dijo, así..." "Pues
mil cosas. Mira yo no me entero, así para contarte, pues..."
Llevaba collar y pintas de ser de la Comunidad. Paso la puerta de lo que fue
el colegio serio y que ahora está lleno de flores, gnomos, hadas y estrellas
pintadas por distintos "artistas" en paredes y escaleras. Un océano
de zapatos aparcados ante una puerta me indicaban dónde estaba el comedor.
Me descalzo y aparezco en un sitio más bien rojo que te obliga a bajar
la vista, porque todo el mundo está sentado en el suelo alrededor de
mesas bajitas.
Hago cola para coger la comida. A mi derecha queda un cartel de corcho con
un menú vasco: Comida: Govinda, Diska y Shankar. Un cursillista comenta
irónico " qué comida tan rara se montan estos tíos".
Un enteradillo le aclara con evidente satisfacción: " Son nombres
sánscritos pero no de lo que comemos sino de los que friegan".
Yo, como un búho, no me pierdo nada.
Me suena que desentono un poquito: Voy de azul marino-cazadora-vaqueros y camisa
azul claro, pelo corto, gafitas y afeitado.
El medio es rojo, la gente peluda, barbosa y vestidos o semi-vestidos de naranja.
Yo sigo y empiezo a ser vegetariano sin otro noviciado que ponerme allí mismo
a la cola de los que cogían lechuga picada.
Ya había echado algunos ingredientes cuando desde el suelo me llega: ¡Pero
Fidel! ¿qué haces aquí?. Vaya, me dije. Como siempre.
Se me ha chafado el incógnito. Yo que pretendía hacer un curso
con gente no condicionada por saber que yo soy cura, psicólogo, aikidoka,
meditador y delegado diocesano de Pastoral Sanitaria en Madrid.
La Siddi me conocía de Vitoria. Yo había ido a dar algún
curso y ella, Mariví por entonces, era de las más animosas del
grupo. Me encantó encontrarle. Estaba acogedora, cariñosa, explicando
sobriamente los asuntos. Me hizo de madrina y facilitó mil cosas. Me
sentí como los enfermos cuando en el laberíntico hospital tienen
un conocido que les guía. Y ¿cómo vas a empezar por Vichara?
preguntó. Pues mira: yo maratones ya hice e incluso los he dirigido.
Quiero hacer algo nuevo... Si, pero el maratón aquí es el curso
que... bueno pero tú, bueno bien... Ya verás.
Y vi. Dos cursos después habiendo observado en otros los resultados,
hice el Maratón. ¡Y qué Maratón!.
Vichara. Ni idea en que consistía en concreto. Yo buscaba respuestas
a la pregunta ¿Quién soy yo? con una cierta intensidad.
Emilio, al presentarlo, nos dijo mil cosas para motivarnos al máximo
y lo consiguió. No recuerdo ninguna. Sí la sensación:
Seductora y fuerte. Lo que íbamos a hacer era duro y blando, fácil
y difícil, complicado y sencillo. La oportunidad de nuestra vida. Había
que jugar a tope y jugué.
Empieza Vichara de madrugada a las cuatro y media. La sala grande enmoquetada
y en penumbra,(como nuestro interior) se va llenando de variopintos personajes
envueltos en mantas. Ananda, melena lacia, gafas de sociólogo y hablar
pausado marca el trabajo. Nos vamos sentando en parejas frente a frente. Nos
miramos a los ojos y uno pregunta al otro ¿Quién eres tú?
El preguntado contesta: "Yo soy..." tantas cosas como le vienen a
la boca durante cinco minutos. Luego el preguntador es preguntado. Yo despiertísimo
por eso de la novedad. Empiezan los palos... que recuerdo, porque algunos tuve
un inconsciente interés en no recordarlos. Me toca el Juanjo: desgreñado
arquitecto catalán que repetía Vichara y entraba directo a matar
con toda soltura: "Yo soy el que ve aquí delante un lechuguino,
un abogadillo, un tío que le tenía que dar vergüenza la
pinta que tiene"._ Yo serio, palo y tomándome mi papel de no contestar. ¡Vaya
unos pelos! añadía. "Pareces un cura o yo que se qué".
Nerviosito me pones.
Mis defensas funcionaban a tope: "Este tío no me conoce de nada".
Vaya una película que se monta...!" Pero me pico. En toda mi vida
me han bien tratado y esa rudeza injusta la resentía mucho.
Mil sensaciones empezaron a borbotear dentro: cabreo, tristeza, rabia. Y el
control de no contestar hacia fuera y así comprender hacia dentro. Cuarenta
minutos y cambio de pareja.
Cambio, otro cambio y por fin me toca con la chica de pelos de leona, ojo amoratado
en un Maratón y manta parda que le cubre todo menos la cara. Parece
una virgen cabreada.
Intenté más veces estar con ella. Creo que ella me esquivó.
Se sienta y espera con los ojos cerrados. Ya la veo libre y me siento enfrente.
Espera que Ananda de la señal de comienzo y... abre los ojos: "¡Vaya
lo que me fue a tocar!" dice de obertura suave. Se me encogen todas las
tripas aunque parezco inmutable. "Me resultas horrible. Bueno... me das
repelús. Me recuerdas a una tía mía que tiene unas narices
como tú y está vieja e imposibilitada... No tengo ningunas ganas
de estar contigo...". Ya no recuerdo bien. Fue superduro. Sí recuerdo
que se me encogió el corazón y empecé a llorar suave y
silenciosamente. A ella le dio rabia y mostró su fastidio. Explicó que
como el juego era dejar salir lo que sentía... pues voilá. Yo
aclaré que me dolía ser tratado así, sin que se me conociera...Duro,
duro me resultó el Vichara. Se metían conmigo cantidad.
Sospechaban unos que fuera cura, otros que psicólogo, otros que abogado.
Además Siddi ya había comentado en la Comunidad quién
era yo y me daba cuenta de que me observaban.
Me encantó el curso. Aprendí mucho. Aunque no creo que llegara
a eso del vacío que hay detrás de nuestras mil máscaras
y papeles. Tuve la tentación camaleónica de comprarme, en la
tienda, la ropa naranja que me hiciera pasar más desapercibido. Pero
lúcidamente continué con mi provocación azul marino. Lo
vi claro: estando así me zurraban, y zurrándome sentía
y comprendía más cosas, que para eso había ido.
¡ Madre que surtido de personal tan variopinto éramos!.
El mezcalito, enteradillo él, se montaba unos historiones poéticos
un poco pasados: Sin casi apenas recuperar la respiración, decía
muy fluidamente: “Yo soy la florqueseabrealaluzdelocéanocósmico”. “Yosoyelvacíoqueunelanadaconeltodoenunabrazofusióninterminable”...
vamos que me deslumbró. Me gustan las poesías que he leído
suyas ahora.
Estaba "el cojo", que entonces gastaba una aguda ironía de
mala leche y sacaba a todos de quicio. Y el paisano, que hablaba al espejo
para todos.(Cuando alguien quedaba sin pareja o cuando le apetecía,
se sentaba frente a un espejo y hacía el diálogo con su imagen).
Este paisano de Oviedo contaba su vida a trescientos decibelios para regocijo
de algunos y cabreo de otros.
Y el mago negro con peluquín, y Ananda, que yo creo que se dormía
tumbado en los descansos, pero el aseguraba que no.
Con el Vichara me hicieron polvo al que era antes. Todo mi vestuario y mis
carnets de identidad los fui perdiendo rápidamente, como los cromos,
frente a la tontita pregunta que el de turno sentado me iba haciendo ¿Quién
eres tú?.
Me intenté contestar con carnets antiguos. Algunos allí no molaban
nada. Al contrario. Mi instinto me decía que en vez de fardar me iban
a cascar.
Si les suelto yo a aquellos peludos modelnos y desarrapados que soy el Delegado
Diocesano de Pastoral Sanitaria, hombre de confianza del Cardenal Enrique de
Tarancón, Psicólogo Clínico, único especialista
en España de Psicología Hospitalaria. Experto en dinámica
de grupos y además culto, viajado, moderno, con pelas y sabiendo inglés,
francés, latín y griego, árabe y hebreo, que tiene en
casa servicio doméstico... Pues me corren a gorrazos por chulo.
Tampoco yo me lo he creído nunca demasiado. Sabía yo que de todo
eso tenía un poquito, pero nunca me identificaba con ello. Por eso vine
a los cursos pretendiendo estar de incógnito y así conocerme
yo y yo con otros sin tarjetas de identidad. Algo, alguien misteriosamente
me había traído y yo me dejaba correr el riesgo del cambio y
una aspiración a lo hondo misterioso. Pero la otra cara de mis deseos
de cambio era la búsqueda de mayor seguridad. Percibí que el
Seguro donde yo trabajaba, era lo menos seguro y tampoco social. Pocos meses
antes había conseguido plaza como adjunto al Servicio de Psiquiatría
de la Ciudad Sanitaria de la Paz.
Recuerdo la sensación de firmar el contrato: difusa y profunda ansiedad.
Era el final de un largo proceso auto-asegurador: No bastaba ser sólo
cura. Ser Psicólogo y tener otro punto de apoyo, había permitido
sentirme menos obligado con la Iglesia, al apoyarme en otra madre de Seguridad,
la Social. De todas formas he sido siempre un buen hijo.
Yo soy un buen hijo. Yo no doy demasiados disgustos a mis madres. Claro que
mis madres, todas, me han dejado jugar a muchas cosas. Quizá porque
un buen hijo como yo merece un poco de disimulo. Hacemos un pacto: Yo soy bueno
y te cuido mamá Vicenta, mamá Iglesia, mamá Seguro, mamá Psicología.
Y tú disimulas y no te enteras de lo que yo hago que no te gusta. No
te preocupes, que soy discreto y no te pongo en compromisos y evidencias.
La verdad es que la micro-libertad conseguida así es ambigua. Me deja
jugar a más cosas pero siempre jugar a medias, porque el regazo y el
control y el redil están ahí.
Y el miedo también. Un camaleonaje cotidiano que me ha permitido estar
casi tranquilamente en situaciones tan dispares como una cama y una amiga,
y luego una misa y unas monjas, y luego una sesión clínica casi
científica y luego la preparación de una huelga de rojeras, y
el cumpleaños de mi mamá, yo bendiciendo la mesa y una reunión
como Delegado de Pastoral Sanitaria, y una sesión de Gestalt en grupo
en mi consulta y un cine con otra amiga que hay que cultivar. Un poco de Zen
a la noche y leer un poquito de Totem para dormir. Jornadas así muy
repetidas le dan a uno o a dos una flexibilidad de cambio de rol que ya quisiera
Mortadelo. Bueno, pues yo buscaba otra cosa. Y cuando firmé el contrato
me angustié al percibir casi consciente que firmaba mi panteón “forever”.
Creo que allí germinó la necesidad de tener que cambiar, de romper
los úteros protectores hacia una VIDA más amplia. El Loco fue
movido por el perro inconsciente y, en vez de sentarse en la nueva posesión
se empezó a cargar el cargo.
Me encanta recordar que no recuerdo apenas los encuentros a mediodía
con Emilio. Eran una suave espiral arrastrante y seductora. El cebo visible
era un tema de interés y el anzuelo era de tres puntas; Lógica
impecable (o tan fulgurante que no pillabas los sofismas), amorosidad acogedora
con todos los que allí estábamos. Nos la hacía llegar
por mil vías supongo yo. Pero sus ojos barrían la concurrencia
como un limpiaparabrisas que arrastra las dudas que no te dejan ver. Y Fuerza.
Ahora me es más fácil, al recordar, captar lo que entonces me
llegaba brumoso. De allí salías estimulado, vitalizado.
A mí entonces lo que más me deslumbraba era su coco y sus síntesis
expositivas. Seguro que el amor estaba pero mis sensores no estaban despiertos.
Me fijé que yo escuchaba con ojos abiertos y mano en barbilla, mientras
otros lo hacían con ojos cerrados y como sintonizando con el corazón.
El respeto con el que trataba al personal para mí se evidenciaba en
su proceso de contestar. Alguien hacía una pregunta. Generalmente largas
y enrevesadas que hacían evidente el mogollón confusional de
los que allí estábamos. Aunque fuera un coñazo repetitivo
o de coco “liao”, escuchaba amoroso y sonriente. Para que todos
supieran cómo había sido la pregunta, comenzaba repitiendo: " Tú me
dices: ‘tacatá tacatá...’ es así?” El
otro se solía sorprender de lo acertado de la interpretación
y dudaba un rato. Tampoco se montaba unas interpretaciones sofisticadas e inasequibles
al demandante. Simplemente ordenaban e iban algo más adentro: a lo que
quería preguntar. Por fin daba su opinión... En muchos casos
contestaba con algo aparentemente lejano, que luego acababa aterrizando en
el tema que inquietaba al fulano de turno. De paso nos había ampliado
el horizonte a todos, haciéndonos sentir que el universo es mucho más
grande que nuestro mundillo de conceptos habituales.
Nunca pude tener otra actitud que admirativa. Las críticas me las asolaba
en un instante.
Creo que a mí me miraba mucho. Solía observarme unos segundos
en sus pasadas. Siempre las recibí bien y siempre les tenía un
miedo difuso. Como ante quién te desnuda, aunque sea amorosamente.
De todos los cursos creo que Emilio era el plato fuerte: Las otras cosas preparaban
a su encuentro o eran estimuladas por sus palabras. El sostenía, como
el mástil de la carpa donde estábamos, todo el tinglado de cursos
que se movían alrededor.
El paisaje de Lizaso representaba el ambiente en el interior de cada uno. Los
cambios eran fulgurantes, polares, fuertes. Amanecía de niebla cerrada.
Mediodía sol radiante. Media tarde tormentón con relámpagos
y truenos rotundos. A la noche estrellas claras y luna romántica. Ni
que estuviera apañado.
A días nos levantábamos mustios, renegantes del madrugón,
un poco depres y llenos de agujetas. La Dinámica y la Bioenergía
nos ponían a tono. Ir todos los días más allá del
tope que te pensabas insalvable permitía la experiencia de energía
que cuánto más gastas más te llena. Al mediodía
sin desayunar aún, estábamos de lo más radiantes. Y a
la charla de Emilio. Con los poros bien abiertos, sus palabras entraban hasta
el fondo. Los encuentros de la tarde en mi caso me pillaron con trabajo hecho.
Pero los masajes de desbloqueo y de renacimiento eran demasiado. Me defendía
de ir más allá del cansancio o del descontrol con mil artilugios.
Uno era marearme. Nauseas y mareos me permitían pensar que había
hecho todo lo posible. Los monitores lo comprenderían y dejarían
de chillarme. Poco a poco me daba cuenta de mis juegos y los dejaba atrás.
Lloré mogollón. Sentí tristeza y soledad inespecífica
que me vinieron muy bien... Y mi corazón dio de sí cantidad.
Creo que allí por primera vez sentí AMOR en el pecho. Ese calor
al centro del esternón que como sentimiento me hacía sentirme
y sentir al resto del mundo. Como bueno, queriendo a todo el mundo. Sin porqué y
sin buscar nada. Algo cálido que rebosaba desde dentro y reposaba sobre
lo que me rodea.
Me impresionó la entrega, la amorosidad de los monitores. Omkar, sobre
todo. Al ponerte la manta para que no te enfriases después de una agotadora
danza, te transmitían un afecto que en muchos casos fue el momento de
romper a un llorar feliz. Entendí bastante qué es eso de abrirse
el pecho. Es casi una sensación física de expansión gloriosa
que se apunta uno a repetir.
Me quedé con envidia - sólo a ratos - de los que se montaban
unas catarsis o unos vuelos en plan demasiao. Yo quería experiencias
fuertes. Me sospeché y me sospecho que hay que tener energía
disponible para que te ocurran cosas. La mía no es de caudal arrasador.
Quizá no tenga mucha, pero además me la gasto en pensar. No me
ocurrieron grandes cosas pero las menudas fueron importantes. La más
grande es descubrir que los límites están en mi mente. Emilio
y Castaneda nos lo repiten constantemente.
Durante el curso de Sufismo, centrado en abrir el corazón al amor y
al Amor, lo más importante fue la "iniciación". Poco
a poco me fui enterando de que existía ese "ritual de paso" cuando
pregunté qué significado tenía el "mala", un
collar de 108 cuentas que todos los miembros de la Comunidad llevaban día
y noche. "Es de la iniciación solían contestar escuetamente
y como siendo discretos.
El cambio del nombre antiguo por otro, correspondiente al camino tántrico
emprendido, lo hace Emilio el día de la iniciación. Nunca daban
demasiados datos... Fui deduciendo que era un ritual que expresaba solemnemente
el paso a una distinta manera de vivir, que poco a poco y curso a curso había
ido fraguando. Me apetecía la iniciación al Sannyas, que como
decía un folleto se trataba: Primero: Estar abierto a nuevas experiencias.
Segundo: Vivir existiendo. Tercero: creer en tu propio organismo. Cuarto: Un
sentido de la libertad. Quinto: Ser creativo. Sexto: Tener sentido del humor.
Séptimo: Un estado de Meditación. Octavo: Tener amor a los demás.
Noveno: La trascendencia.
Expresaba también la llamada que ahora sentía y los deseos que
brotaban de dentro. Pero me lo tomé por lo... tranquilo. Ya he recibido
en mi vida varias iniciaciones y ésta quería fuese más
tranquila, implicándome a tope.
Nos reunimos con Ananda los aspirantes. Creí que había algún
escrutinio... pero no hacían el asunto muy complicado. En realidad a
través de los intensos cursos anteriores quedaba muy claro de qué íbamos
cada cual. A uno de los aspirantes notoriamente descolocado, Ananda le dio
largas e invitó a esperar.
Como preparación, sólo ir en ayunas y vestidos de rojo o naranja,
bien duchados y no perfumados. Yo me lo tomé en serio y la víspera
estuve silencioso y recogido. Me recordaba la espera de la ordenación
sacerdotal hacía más de 10 años. Claro que la víspera
del Sacerdocio aquel estábamos mucho más histeroides, ya que
esperábamos hacía doce años. En el seminario estuvimos
en vela toda la noche en la Capilla, también presintiendo que el Misterio
nos había convocado a una cita y nos pedía apertura y receptividad.
En Lizaso amaneció un día radiante. Mis tripas algo encogidas
y burbujeantes con alguna ansiedad que rondaba por allí, barruntaban
claramente que algo fuerte se acercaba. Quería estar sensible y sereno
a la vez. Respiré hondo y relajé el abdomen. Tenía interés
en no inventarme experiencias cumbres. No buscar nada concreto sino lo que
llegase.
Emilio estuvo disponible hacia las once. Nos recogieron en una habitación
del sótano, el Gozómetro o así lo llamaban, donde no había
estado nunca. Estaba bonita y austeramente decorada para meditar. Nunca he
sido muy sensible a eso de las vibraciones de los lugares pero aquel daba buena
acogida. Estaba Ananda de maestro de ceremonias. Nos colocó separados
para que Emilio pudiera ponerse detrás de cada uno. Asistían
gente del Arco Iris que estaban detrás, y nos pusimos en el silencio
más profundo y receptivo de que éramos capaces. Yo estaba abierto,
sereno y expectante. De rojo, con su paño de meditar, llegó Emilio.
Cantó unos mantras y algunas invocaciones con la voz nasal aflautada
que pone en ocasiones así. Luego hizo vibrar hasta las paredes con unos
OM larguísimos e inseguibles, que hacían resonar claramente en
el abdomen, pecho y frente. Ah, se me olvida el orden de los acontecimientos:
primero dijo unas palabras sobre el sentido de recibir sannyas y andar por
la vida de sannayasin. No recuerdo ni palabra de lo que dijo. Yo me recuerdo-invento
que fue una estimulante homilía sobre el vivir fluido y
libre. No aferrado a un maestro, a un grupo ni a unos colores. Un vivir integral:
cuerpo, mente, espíritu. Muy bonito. Habló desde el corazón
y yo poco a poco iba aprendiendo a escuchar desde el corazón. El argumento
de la película cada vez me importaba menos. Tras las palabras, lo anterior.
También tocaba una campanilla y no recuerdo bien más. Yo me recuerdo
atento, con los ojos cerrados y poco curioso del ritual.
Después empezaba a estar con cada uno. De pié, detrás,
te imponía las manos sobre lo alto de la cabeza. Largo y cálido
rato. La Fuerza, la Energía se nota, se siente. Claramente, no era sugestión
sino una vibración creciente que fluía de la cabeza a los pies.
Acompañado de calor. También echaba aliento, su caliente e interminable
aliento sobre la fontanela. Luego con el pulgar derecho, creo, presionaba en
el entrecejo, sobre el tercer ojo. Poco a poco un creciente y poderoso punto
de luz blanca se abría camino allí. Me conmocionó. Quise
aferrarme a él, pero se fue casi con Emilio. Me puso una mano en la
espalda y otra en el pecho, que me recordaron los electrodos resucitadores
usados en cuidados intensivos. Como un creciente palpitar aceleró mi
corazón y me sentí glorioso, genial, profundamente bien y en
paz a la vez. El mala, que había magnetizado previamente, te lo ponía
a la par que el nombre. El mío fue Al Musawir, uno de los nombres
de Alá. El que toma cualquier forma porque no tiene ninguna y las domina
a todas. El formador, o en versión mía, el informal.
Junto con Fidel (caí en la cuenta) eran los dos polos de mi modo de
ser. El que permanece, es fiel y tiene un núcleo constante y el Musawir,
que toma cualquier forma.
Su voz al decirlo, era relajada y profunda, trascendente, como un mensaje desde
muy lejos.
Cuando acabó la ceremonia nos dio un beso y un abrazo a cada uno. A
mí con un guiño me dijo: "¿Qué funciona o
no, lo del Espíritu Santo?". La verdad es que la Energía
y la Fuerza eran una experiencia sensible, lo interpretaras como quisieras
luego.
Me volví a comparar con la ordenación sacerdotal. Era un nivel
parecido, pero mucho más aparatosa y barroca. Y encima el aparato clerical
no estaba enchufado a la red. Recordé con pena que no me había
llegado le enésima parte de fuerza que en esta sencilla ocasión.
El Obispo Morcillo hacía lo mismo casi, pero me suena a que poco bajaba
por él. Para ser justos, a mí entonces no me llegó apenas
y ahora sí.
Todo rojito y con mi mala me vi de la orden del Arco Iris. Me sonreí al
ver como se repiten cosas en la vida y siempre son distintas. Como una espiral
que vuelve a pasar por los mismos sitios pero con creciente profundidad. Mis
cambios no son mágicos, son espirales.
De mi quinta eran también Vasuki, Yayati y Tumkasila.
Para mí significó una opción por un estilo de vida más
entregado.
El psicólogo -Fidel a estas alturas de cursos en Lizaso, ya se sentía
pequeñito. Yo me presenté allí en actitud de aprender.
Abierto y receptivo. Pero realmente buscaba trucos nuevos y herramientas sofisticadas
para el taller psicológico que acababa de montar. Ya tenía yo
el proyecto de hacer síntesis de tradiciones, pero con una fórmula
más modesta y materialista. Era como suscribirse al "Mecánica
Popular Psicológica" americano, japonés y alemán
a la vez. Todos ellos enseñan cómo hacer virguerías con
el hombre en sus distintos aspectos. Con el hombre mecánico, claro.
Poco a poco la psicología conductista me había seducido. En su
afán por ser tan eficaz y prestigiosa como las llamadas "ciencias",
copia el reduccionismo simplificador y convierte al hombre en algo mecánico,
previsible y unidimensional.
El definir, evaluar, modificar y prever comportamientos es la meta de las
ciencias de la conducta que empecé a explicar a las alumnas de enfermería.
Incluso mi tesina de Licenciatura se titula "Entrenamientos de padres
en técnicas de modificación de conducta". Mucho angustiado
pulula por la Psicología buscando esquemas que les expliquen y permitan
el manejo del hombre. Secretamente se trata de evitar el vértigo de
lo misterioso y desconocido que somos.
Me gustaba cómo Rosa C., mi amiga de siempre durante diez años
de trabajo en La Paz, a pesar de ser un coco privilegiado en la matemática
y la abstracción y una computadora incansable y superespídica,
cada vez dejaba más sitio al misterio, la mística, lo inmanejable
en su vida. Sigue con miedos, pero sigue abierta. La invité a pasar
por Lizaso y probó. Claro que enseguida desarrolló las más
aparatosas defensas contra el bulldozer arrasador del Emilio.
A mí también me aplanó el dichoso Emilio el orgullito
de psicólogo enteradillo. Su directo conocer al que pregunta o simplemente
estar ante él. Su habilidad para intuir lo no consciente y leer el cuerpo
me deslumbraron. Quizá por efecto halo le atribuí la misma autoridad
en el conocimiento de las dimensiones superiores y los planos invisibles del
hombre. El describía en sus charlas los entresijos invisibles con la
soltura que yo describo los laberintos de mi hospital.
En poco tiempo mi actitud ante él se resumía en "cuando
sea mayor quiero ser como tú". Para mayor maquiavelismo te hace
saber que es posible. El no es distinto que tú. Y ya estás liao.
Los esquemas explicativos de mí y el hombre empecé a sentirlos
como los ingenuos dibujos que hacen los niños con cuatro rayas. Creen
haber pintado todo y los muestran satisfechos diciendo ¡ya está!.
Ahora pienso que el segar mi petulancia, dolorosa al principio, porque yo vivía
de venderla bien cocinada, fue un buen regalo : el comienzo de una sabiduría
que comienza por ser consciente del "no saber".
Además esta gente en los cursos, se enrollaba poquísimo con teorías.
Astutamente no planteaban la batalla en el terreno en que veníamos bien
pertrechados: en el intelectual-discutidor-coquetero.
Un tres por ciento de hablar y un noventa y siete de hacer. Así que
incluso los que hacíamos bolillos mentales con mil argumentos y teorías,
nos quedábamos con una maraña de hilos y ¡a saltar!.
Saltando y danzando fuimos más allá del esfuerzo, los bloqueos
corporales y afectivos, los miedos y las tripas bloqueadas. Y sin apenas haberlo
anunciado la azafata y el comandante, estábamos volando por cielos insospechados
y espacios interiores que dan perspectivas increíbles teóricamente.
Al personal de tierra, al de torre de control, y al jefe comandante Emilio
les estoy agradecido mil veces por aquellos mundos que descubrí de su
mano, pero aún recuerdo el susto cuando íbamos sin ni siquiera
ponernos el cinturón de seguridad, más allá y más
deprisa de lo que todas las terapias, manuales y maestros "prudentes" consideran
arriesgado.
Tienen una ventaja estos kamikaces que pilotan los cursillos. Ellos ya han
volado por donde conducen a los novatos. Se les nota confiados en la Vida (lo
que ocurre está bien) y en su habilidad de actuar en ella.
En una sala (ex-comedor de obreros en una autopista) hacíamos maratón,
es decir, sudamos, saltamos, lloramos, gozamos y todo a tope más de
ochenta personas.
Curso de cristianismo.
Mi psicólogo quedó hecho polvo, pero mi cura... ni te cuento.
Ante Emilio tuve la impresión de ser increyente. Y un poco paleto además.
Ahora tengo claro que mi fe era más bien racional, poco vívida
y encima pueblerina.
También es cierto que hacía tiempo no me amamantaba ya a los
pechos de la Santa Madre Iglesia. A mí me sabía a boletín
oficial su descreída leche. Como mamá, hace tiempo que no nutría.
Sólo daba advertencias y avisos de precaución. Yo hacía
mi vida pero vinculado a Jesús. Bueno, a los dos. A mamá Iglesia
sigo por eso de que fue mi segunda mamá y de las dos me da miedo desapegarme.
Mamá Vicenta ya nada tiene que ver con el que hoy vive. Pero es mi maceta
y mis raíces y mi escoliosis, y mi manera visceral de sentir el mundo
es mucho el suyo. Madre Iglesia me parece protectora. Es una fantasía,
ya sé. Es hoy un macro-sistema tan despersonalizado como la Seguridad
Social... Bueno, es la Seguridad Social Espiritual más o menos, Y a
todas las seguridades las he ido nombrando mamá.
Ya se sabe. Mi carta es el Enamorado, y desde la cabeza y con un pié uno
siempre calcula que no es sensato des-madrarse.
Ni mis mamás me aman, ni yo amo a mis mamás, pero mis miedos
me miman y yo mimo a mis miedos y mis miedos me sostienen y parte de yo, o
yo soy mis miedos...
Y no quiero destetarme y que me voy y me voy y me voy... y no me he ido y siempre
tengo mi pié allí y me dejo la puerta de volver...
En mi línea de la vida, el Enamorado es la carta base. Mis genes. Pero
Jesús estaba de otra forma. Dios y Jesús nunca los he sentido
con miedo. Siempre agradeceré a ellos y a los formadores que me tocaron
en buena suerte el no haberme asustado con Dios. Quizá ellos (en el
seminario, en el cole) no sentían, no vivían al Cristo amoroso
en sí como para contagiarlo, pero fueron lo suficiente sensatos y limpios
como para no enturbiar el camino del Señor con miedos y alambradas.
Y yo, mientras ejerzo de cura, de creyente, o simplemente testimonio mi fe,
no recuerdo nunca asustar a nadie con historias de Dioses justicieros ni Jesuses
de pecho estrecho. Con Jesús he seguido la relación bien...
Usted perdone, Jesús. Estoy contando esto como lejano.
Ahora que mientras escribo te siento palpitante en mi pecho y en el Universo,
casi optaré por contarte a ti lo que ya sabes.
Me queda claro que eres tú quien nos escoges, no a la inversa. Pero
estoy tan acostumbrado a creerme el autor de mis opciones que se me olvida
el ángel volandero que ocupa la mitad superior de la carta y la vida
en los Enamorados.
Lo más estimulante de este curso fue eso de realizar el Cristo que hay
dentro.
El disparador fue otra vez Emilio. Lo he dicho tantas veces de palabra que
tendré que escribirlo. Emilio es lo más Cristo, en vivo, que
yo he conocido. Y que me ha tocado (tocado con la mano, besado, dado toques,
convulsionado, llamado, energetizado y la tira) más profundamente. A
su través me ha llegado, he llegado, hemos contactado lo Divino y lo
misterioso. Jesús el Cristo se me ha hecho bastante más palpable
(y a la vez inasequible y misterioso, seductor y cabreante, encantador y asustador)
que el Jesusito de mi vida y fantasías.
Yo, leyendo los Evangelios, seleccionaba hábilmente las páginas
que menos se metían con mi status. Con Emilio es imposible volverse
cómodo. Dicen los de la Comunidad y verifico yo que con su sola presencia
en casa, ya estás en vilo. Constantemente agita las aguas de esta piscina
probática para que ningún paralítico se haga crónico
instalado al borde. Emilio podría llamarse también el descolocador.
Eso sí : por lo amoroso. Te puede montar la gran bronca, pero si tus
neuras no te nublan el sentir, percibes claramente que está cocinada
con la mejor salsa anahata. A la larga será nutritiva, aunque los que
tenemos la tripa apresada por un puñado de miedos tardamos siempre mucho
en digerir
La clave "teórica" del curso: EL CRISTO no está fuera,
está dentro. "El Reino de Dios está dentro de vosotros" supone
y exige movilizar la energía polar que reside en los extremos de la
columna y que recorriendo ese canal de 33 vértebras, se fundan en el
corazón.
De repente, las ya complejas teologías que estudié y medio olvidé (por
eso de que el organismo sabiamente se libera de las toxinas como puede) me
parecían una hiper simplificación mentaloide de la VIDA DIVINA
que por los distintos canales de las tradiciones vivas sigue haciéndonos
hoy posible creer y llegar a ser Dioses. Emilio, Omkar y Mahendra, en breves
charlas nos entregaban claves esotéricas que durante siglos han permitido
leer las escrituras y los símbolos con la densidad que tienen.
Sólo algunos ratos me llegué a cabrear con los siervos inútiles
que habíamos llegado a ser los curas, obispos y Papas, transmitiendo
de generación en generación rituales vacíos que no nutrían
al gente. No me he sentido culpable ni de mala voluntad, y quizá los
que me formaron tampoco eran "malos". Pero el hecho está ahí:
seguimos ni entrando ni dejando entrar en el Reino. Y encima cargamos fardos
en el coco ajeno que luego se pasan la vida arrastrándolo.
Hoy, al escribirlo, no me siento ni siquiera frustrado por ellos. Me sospecho
que es un juego sostenido por ambos lados: La Iglesia conservadora cierra el
paso al misterio y vende barato salvaciones y ansiolíticos que no trastocan
el orden ordenado. Y los que la sostenemos con nuestra asistencia estamos secretamente
conformes con que nos ahorren el duro camino de MORIR y RENACER para entrar
en el Reino. En la época de los cómodos plazos, con nueve primeros
viernes de mes o así, mi tía Emma piensa salvarse. Si en los
kioscos se venden salvaciones en fascículos es porque hay mucho listillo
que quiere todo por nada casi.
Me resultó fascinante eso de que el Reino, el tesoro, la semilla, está enterrada
y dormida en mí. Un trabajo adecuado y ¡ ZAS !, el Cristo aparecía
dentro. Amoroso, luz inmortal.
Emilio, en plan mago, sabía tocar las teclas blancas y negras de todos
nosotros y animarnos a entrar por la puerta estrecha.
Por un lado nos infundía el valor necesario, la fuerza con que atrevernos
a lo desconocido y lo misterioso. Fiados en él no era difícil
echarse a caminar sobre las aguas y correr riesgos. El mismo brillaba encima
de lo que otros consideraban insensatez: abandonar todo camino firme y entregarse
confiado al Océano Divino. Yo creo que flota por estar vacío
de egos y otros intereses.
Pero como buen maestro, también tocaba sutilmente nuestras teclas negras,
nuestro ego oportunista y aprovechadete. Sabe presentarte el asunto fácil,
casi tirado. El viaje espiritual, el vuelo místico, la iluminación
y la felicidad están ahí, a mano. Hoy mismo puede ocurrir. Sólo
entregarse. Y este ratito es suficiente. ¡YA!.
Sus juegos de manos te hacían olvidar los miedos que constantemente
avisan: este hombre quiere acabar contigo. Creo que por ahí está una
raíz de lo atractivo y fascinante de Emilio, y el miedo visceral que
se despierta ante él. Si te dejas llevar por él y lo que detrás
de él anda por ahí..., acabará contigo. Seguro.
Su pedagogía es: mueve Energía, déjate llevar, atraviesa
las paredes del miedo y comprende que eran humo. Me encantó. Me sedujo.
Y me entregué. A través de los miedos, del cansancio físico,
de una actitud humilde, mis horizontes dieron de sí. Un curso " tan
espiritual" fue a la vez tan materialista que fue para mí un descubrimiento.
Se trabaja con el cuerpo, con las respiraciones, con las energías adormiladas
dentro...
Y ahí esta todo lo DIVINO y el Universo entero.
La experiencia era el eje. Las charlas fueron una concesión a lo coqueros
y pensadores que somos. Ayudaban, vía intelectual, a modificar nuestros
mapas de lo real. Pero lo fundamental era recorrer los caminos. (Anda que no
he coleccionado yo mapas y diapositivas de los caminos hacia Dios !... pero
lo que se dice caminar... bien poquito). Y como Mateo, que me llamo, dejé mi
biblioteca y me eché.
Omkar y Mahendra se montaron un curso de Kundalini Yoga Cristiano. Que por
cierto, medio improvisaron sobre la marcha.
Decía Omkar, que llevaba la voz cantante: Bien, ahora vamos a movernos
un poco. Replicaba Mahendra: " casi mejor vamos a meditar un poco".
Cuchicheaban un poco y, después de la negociación, salía
una danza salomónica. Pero fue genial en sus efectos para mí.
Danzamos horas enteras con los brazos en alto pidiendo la venida del Espíritu.
Hicimos imposición de manos tras marchas energetizantes. Ahí comprendí el
sentido de imponer las manos y ungir para curar. Se notaba una fuerza que claramente
fluía por las manos. Yo se las impuse a Ambhasi en la cabeza y quedó impresionada,
me dijo. Y yo también.
La oración de los brazos en alto, al estilo Moisés fue luminosa
para mí. Me alumbró los dos costados. Con una preciosa música
de danzar, fuimos poco a poco levantando los brazos e invocando a Jesús; ¡Señor
Jesús, abre mi corazón! (o a la invocación que cada cual
prefiriese). Pasados los primeros dolores y las montañas de distracciones,
realmente se sentía abrir el pecho. En el centro un calor fuerte empezaba
a irradiar en oleadas todo el cuerpo y poco a poco fluían las emociones.
Ternura, AMOR. Yo me encontré varias veces llorando de alegría.
Una y otra vez decía con todo sentimiento, uniendo mis voces bien fuertes
a las de los otros veinte del grupo. En un momento cumbre me distraje y recordé que
tenía urgencia en telefonear a Madrid, al Jefe Santo Domingo sobre rollos
del trabajo. Me sorprendí gritando: "Señor Jesús,
abre mi corazón que tengo que llamar por teléfono". Me escuché y
de pronto explotó de mí un golpe de risa y de humildad a la vez.
Reía y lloraba a todo trapo al sentirme tan sublime y chapucero a la
vez. Al punto del satori se me ilumina la agenda y eso me lleva al arcén
de la distracción cuando iba embalado.
Otras muchas veces he sorprendido juegos y trampas de mi inconsciente justo
cuando llego a tocar alguna puerta importante. Me distraigo, me despisto y
así no perdemos las seguras posiciones. Un cuarto de hora reí sin
parar. Tenía por mí una especial ternura y comprensión
y, a la vez daba GRACIAS al Dios que nunca se cansa de visitarnos. Claro que
ese es el Dios bonachón que yo invento. En realidad Jesús, Don
Juan y todos los enterados avisan que la oportunidad viene como un novio y
se lleva al despierto que vela con su candil. De los otros pasa.
La inmovilización en Cruz fue también fuerte.
Introdujo el trabajo Emilio que nos volvió a poner a tope antes de empezar.
Me despedí enternecido de él, sabiendo que cada trabajo era morir
al hombre viejo. Me dio un abrazo sensacional y me entregué a
la CRUZ. Fue más suave. Quizá porque tomé ciertas precauciones.
Ahí me observé la costumbre de tomar ciertas prudencias cuando
doy un paso. Como me dijo Emilio: "Das el paso grande pero te quedas en
segunda fila, observando".
En aquellos días me enamoré de Ambhasi -todavía Celia-
un poco más. Precisamente una noche de luna llena, a la puerta de la
Iglesia del pueblo, después de hablar de su hija, mi corazón
dilatado y esponjadito se animó a dar pasos de acercamiento a esta mujer
que tan dentro he sentido. Entre miedoso y femenino, suelo dejar que en amores
sea la otra quien tome la iniciativa. Aquí me arriesgué y además
de con abrazos y besos le dije que la quería.
Todavía sigo distinguiendo muy claramente cuando Amo y cuando deseo
o quiero. En algunas especiales ocasiones he sentido esa vibración profunda
que rebosa del corazón y ama todo lo que está alrededor, mujer
incluida. Noto cómo ahí no me busco, sino que reboso ALGO que
ni siquiera es mío. Que me ama a mí, me inunda, me sobrepasa
y se difunde alrededor. Otras veces tengo claro que deseo para mí la
ternura y los mimos, el apetitoso cuerpo y las amorosas vibraciones de Celia.
Que, por cierto, en aquellas fechas tenía su corazón rebosante
y a tope. Bien bonito. Nos dio la madrugada viendo la luna, desde la puerta
de casa alucinados con el pasar de las nubes a toda marcha. Apenas hablamos.
Nos embargó la sensación de estar en un mundo lleno de Misterio,
que esa noche vivíamos como arropante y amoroso.
Y vino la cosa de pedir entrar. Me dijeron que había una lista de espera
de trescientos y pico. Yo me lo creí y me preocupé. Puestos a
cambiar de barco, éste, ya navegando con rumbo cierto y fuerza en sus
remeros, me apetecía más. Pero yo no me sentía seguro.
Mi autoestima oscilaba entre creerme un buen partido para la Comunidad (simpático,
acomodable, psicólogo y amistoso), y no dar la talla. Si no daba la
talla pensaba dar batalla. El curso de Vipassana, nueve días en silencio
era ideal para hacerme películas sobre cómo despedirme del trabajo,
decirlo en casa, qué hacer con mis cosas, cuándo me iluminaría,
cómo hablar con Emilio. Con tantas meditaciones por delante mi productora
paría guiones de todos los tipos. De los más originales eran
para conseguir que me admitieran. Uno era aprovechar la fiesta con la Comunidad
al fin de curso y pedir una oportunidad exponiendo mis méritos. "Ya
me se diez nombres en sánscrito y un Kirtan entero sin casi blasfemias.
Friego en cuatro idiomas e incluso me podría dejar la barba". Con
unas cuantas paridas más el público era seducido por mi simpatía
y clamaban al unísono ¡que entre Musawir, que entre Musawir! Tilín,
tilín, acaba la meditación. Paseo por el campo y película
nueva. ¡Qué Vipasana, madre!
Es tanta la energía que se acumula en ese curso, que si se orienta a
la cabeza, la fantasía produce maravillas. Soluciones a problemas insolubles.
Diálogos diplomáticos con el jefe, la mujer y la familia. Obras
de arte en todas las ramas. Me dio tal flash las posibilidades creativas de
esta técnica, que decidí organizar un día Vipassana para
ejecutivos: visión lúcida para ser creativo en los negocios.
Y tocó hablar con Emilio: fue un paseo después de cenar. Yo nerviosito,
pero ya había aprendido a no preparar lo que quiero decir. Sale lo que
tiene que salir aunque haga veinte ensayos previos. Pensé decirle que
yo quería, pero que no estaba seguro de valer. Estaba flojo de cuerpo...
A veces me dan prontos pero luego me desanimo. Quizá tenga que acabar
lo que empecé en La Paz que yo creía valioso. Estaba a tope con
la atención a los enfermos de colza y con la asistencia a los pacientes
terminales de cáncer. Ambos grupos de asegurados eran rechazados claramente
por la medicina técnica y triunfalista y yo me había encargado
de ellos. Además yo no conozco mis fuerzas y no se si estoy en un delirio
hipo-maníaco esperando a ser Divino o casi...
Emilio me dejó acabar el rollo y no contestó a ninguno de mis
miedos. Directamente habló de lo que había que hacer en casa
cuando entrase. Recuerdo frases como: " Yo te veo con fuerza, sí.
Aunque a veces te quedas en segunda fila después de dar el paso. Yo
te veo aquí y hay mucho trabajo que hacer. Podrías contar tu
experiencia y que sirva a otros como tú... ". Y contó luego
historias de su adolescencia, que ya era capaz de hipnotizar. De su juventud,
que si no recuerdo mal, fue muy movida políticamente y en plan kamikaze.
Fue paseando por la carretera de Gorronz, y me transmitió fuerza y confianza.
Se evaporaron mis temores y me vi con él navegando en el mismo
barco.
De repente, aquel embarque con Emilio en el Arco Iris me resultó tan
vital, rico y estimulante, que nunca he sentido haber dejado o perdido algo
con lo que dejé atrás.
Iba a preguntarme ¿cómo lo hace?, y me ha venido a la mente Carlitos,
empeñado en darse explicaciones concretas y breves a la magia de Don
Juan. Incuso me compré hace poco un libro titulado "Estructura
de la magia". Al poco descubrí lo pretencioso de los autores y
lo listillo que soy buscando una receta rápida y breve de cómo
tener Fuerza y Magia.
Los autores americanos aseguran haber pillado el truco. Es un problema de estructura
del lenguaje. El mago detecta la equivocada formulación de la realidad.
Enseña al paciente cómo redactarlo de otra manera...... y ¡ya
está!
O sea: algo no luce porque está desenchufado y con el cable torcido.
Cambias el cableado y.... como no lo enchufes la cosa sigue a oscuras. El gurú,
terapeuta, animador, o lo que sea, necesita energía, fuerza y poder
trasmitirla, claro. La ventaja de Emilio es que tiene, o por su través
pasa Fuerza y sabe mandarla por siete canales. Se asoma ahora por encima de
mi hombro y sonríe. El sabe que tampoco sabe del todo lo que pasa.
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