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Arco Iris: Comunidad Tántrica

Tres años de transformación y alegría.
Por Mushala

Me enteré de Lizaso y sus cursos de carambola: Rosa, mi compañera de trabajo psicológico en el hospital, me dio un programa que pescó en un mercadillo de Pamplona. Yo barajaba al diseñar mis vacaciones, posibilidades como volver a California, ir cerca de Paris a un cursillo de naturismo o ... asomarme a Lizaso en Pamplona por eso de cumplir el slogan de entonces: " Consuma productos españoles". Me dije: " por muy malos que sean dándolos, el resultado de estos cursos depende de mí y cómo yo me implique en un ochenta por ciento"(ahora siento que... ni se sabe, pero que la Fuerza, el entorno de Energía del oasis que allí te encontrabas, permitían al más anémico revitalizarse con platos bien nutritivos).

Me dije: Entraré a jugar a todas.
Me recibieron Nalina y Sundari; discretas pero observadoras pasearon su mirada escrutante, y tuve la sensación de que se fijaban en mil cosas a la vez.
Shankar andaba por allí con túnica roja y daba un toque exótico al asunto. Estaba explorando el iris a alguien y le explicaba con claridad sus males y los remedios naturistas disponibles. Le entregó una hoja con dibujitos e instrucciones didácticas.

"Llegas a comer justo". Puse cara de?. Era las once y media de la mañana. Alguien venía de una charla de un tal Emilio. Las azafatas le preguntaron: “¿qué tal la charla, de qué fue? ". "Pero qué dijo, así..." "Pues mil cosas. Mira yo no me entero, así para contarte, pues..."
Llevaba collar y pintas de ser de la Comunidad. Paso la puerta de lo que fue el colegio serio y que ahora está lleno de flores, gnomos, hadas y estrellas pintadas por distintos "artistas" en paredes y escaleras. Un océano de zapatos aparcados ante una puerta me indicaban dónde estaba el comedor. Me descalzo y aparezco en un sitio más bien rojo que te obliga a bajar la vista, porque todo el mundo está sentado en el suelo alrededor de mesas bajitas.

Hago cola para coger la comida. A mi derecha queda un cartel de corcho con un menú vasco: Comida: Govinda, Diska y Shankar. Un cursillista comenta irónico " qué comida tan rara se montan estos tíos". Un enteradillo le aclara con evidente satisfacción: " Son nombres sánscritos pero no de lo que comemos sino de los que friegan".
Yo, como un búho, no me pierdo nada.
Me suena que desentono un poquito: Voy de azul marino-cazadora-vaqueros y camisa azul claro, pelo corto, gafitas y afeitado.
El medio es rojo, la gente peluda, barbosa y vestidos o semi-vestidos de naranja.
Yo sigo y empiezo a ser vegetariano sin otro noviciado que ponerme allí mismo a la cola de los que cogían lechuga picada.

Ya había echado algunos ingredientes cuando desde el suelo me llega: ¡Pero Fidel! ¿qué haces aquí?. Vaya, me dije. Como siempre. Se me ha chafado el incógnito. Yo que pretendía hacer un curso con gente no condicionada por saber que yo soy cura, psicólogo, aikidoka, meditador y delegado diocesano de Pastoral Sanitaria en Madrid.
La Siddi me conocía de Vitoria. Yo había ido a dar algún curso y ella, Mariví por entonces, era de las más animosas del grupo. Me encantó encontrarle. Estaba acogedora, cariñosa, explicando sobriamente los asuntos. Me hizo de madrina y facilitó mil cosas. Me sentí como los enfermos cuando en el laberíntico hospital tienen un conocido que les guía. Y ¿cómo vas a empezar por Vichara? preguntó. Pues mira: yo maratones ya hice e incluso los he dirigido. Quiero hacer algo nuevo... Si, pero el maratón aquí es el curso que... bueno pero tú, bueno bien... Ya verás.
Y vi. Dos cursos después habiendo observado en otros los resultados, hice el Maratón. ¡Y qué Maratón!.
Vichara. Ni idea en que consistía en concreto. Yo buscaba respuestas a la pregunta ¿Quién soy yo? con una cierta intensidad.
Emilio, al presentarlo, nos dijo mil cosas para motivarnos al máximo y lo consiguió. No recuerdo ninguna. Sí la sensación: Seductora y fuerte. Lo que íbamos a hacer era duro y blando, fácil y difícil, complicado y sencillo. La oportunidad de nuestra vida. Había que jugar a tope y jugué.

Empieza Vichara de madrugada a las cuatro y media. La sala grande enmoquetada y en penumbra,(como nuestro interior) se va llenando de variopintos personajes envueltos en mantas. Ananda, melena lacia, gafas de sociólogo y hablar pausado marca el trabajo. Nos vamos sentando en parejas frente a frente. Nos miramos a los ojos y uno pregunta al otro ¿Quién eres tú? El preguntado contesta: "Yo soy..." tantas cosas como le vienen a la boca durante cinco minutos. Luego el preguntador es preguntado. Yo despiertísimo por eso de la novedad. Empiezan los palos... que recuerdo, porque algunos tuve un inconsciente interés en no recordarlos. Me toca el Juanjo: desgreñado arquitecto catalán que repetía Vichara y entraba directo a matar con toda soltura: "Yo soy el que ve aquí delante un lechuguino, un abogadillo, un tío que le tenía que dar vergüenza la pinta que tiene"._ Yo serio, palo y tomándome mi papel de no contestar. ¡Vaya unos pelos! añadía. "Pareces un cura o yo que se qué". Nerviosito me pones.

Mis defensas funcionaban a tope: "Este tío no me conoce de nada". Vaya una película que se monta...!" Pero me pico. En toda mi vida me han bien tratado y esa rudeza injusta la resentía mucho.
Mil sensaciones empezaron a borbotear dentro: cabreo, tristeza, rabia. Y el control de no contestar hacia fuera y así comprender hacia dentro. Cuarenta minutos y cambio de pareja.
Cambio, otro cambio y por fin me toca con la chica de pelos de leona, ojo amoratado en un Maratón y manta parda que le cubre todo menos la cara. Parece una virgen cabreada.
Intenté más veces estar con ella. Creo que ella me esquivó. Se sienta y espera con los ojos cerrados. Ya la veo libre y me siento enfrente. Espera que Ananda de la señal de comienzo y... abre los ojos: "¡Vaya lo que me fue a tocar!" dice de obertura suave. Se me encogen todas las tripas aunque parezco inmutable. "Me resultas horrible. Bueno... me das repelús. Me recuerdas a una tía mía que tiene unas narices como tú y está vieja e imposibilitada... No tengo ningunas ganas de estar contigo...". Ya no recuerdo bien. Fue superduro. Sí recuerdo que se me encogió el corazón y empecé a llorar suave y silenciosamente. A ella le dio rabia y mostró su fastidio. Explicó que como el juego era dejar salir lo que sentía... pues voilá. Yo aclaré que me dolía ser tratado así, sin que se me conociera...Duro, duro me resultó el Vichara. Se metían conmigo cantidad.

Sospechaban unos que fuera cura, otros que psicólogo, otros que abogado. Además Siddi ya había comentado en la Comunidad quién era yo y me daba cuenta de que me observaban.
Me encantó el curso. Aprendí mucho. Aunque no creo que llegara a eso del vacío que hay detrás de nuestras mil máscaras y papeles. Tuve la tentación camaleónica de comprarme, en la tienda, la ropa naranja que me hiciera pasar más desapercibido. Pero lúcidamente continué con mi provocación azul marino. Lo vi claro: estando así me zurraban, y zurrándome sentía y comprendía más cosas, que para eso había ido.
¡ Madre que surtido de personal tan variopinto éramos!.
El mezcalito, enteradillo él, se montaba unos historiones poéticos un poco pasados: Sin casi apenas recuperar la respiración, decía muy fluidamente: “Yo soy la florqueseabrealaluzdelocéanocósmico”. “Yosoyelvacíoqueunelanadaconeltodoenunabrazofusióninterminable”... vamos que me deslumbró. Me gustan las poesías que he leído suyas ahora.
Estaba "el cojo", que entonces gastaba una aguda ironía de mala leche y sacaba a todos de quicio. Y el paisano, que hablaba al espejo para todos.(Cuando alguien quedaba sin pareja o cuando le apetecía, se sentaba frente a un espejo y hacía el diálogo con su imagen). Este paisano de Oviedo contaba su vida a trescientos decibelios para regocijo de algunos y cabreo de otros.
Y el mago negro con peluquín, y Ananda, que yo creo que se dormía tumbado en los descansos, pero el aseguraba que no.
Con el Vichara me hicieron polvo al que era antes. Todo mi vestuario y mis carnets de identidad los fui perdiendo rápidamente, como los cromos, frente a la tontita pregunta que el de turno sentado me iba haciendo ¿Quién eres tú?.
Me intenté contestar con carnets antiguos. Algunos allí no molaban nada. Al contrario. Mi instinto me decía que en vez de fardar me iban a cascar.
Si les suelto yo a aquellos peludos modelnos y desarrapados que soy el Delegado Diocesano de Pastoral Sanitaria, hombre de confianza del Cardenal Enrique de Tarancón, Psicólogo Clínico, único especialista en España de Psicología Hospitalaria. Experto en dinámica de grupos y además culto, viajado, moderno, con pelas y sabiendo inglés, francés, latín y griego, árabe y hebreo, que tiene en casa servicio doméstico... Pues me corren a gorrazos por chulo.

Tampoco yo me lo he creído nunca demasiado. Sabía yo que de todo eso tenía un poquito, pero nunca me identificaba con ello. Por eso vine a los cursos pretendiendo estar de incógnito y así conocerme yo y yo con otros sin tarjetas de identidad. Algo, alguien misteriosamente me había traído y yo me dejaba correr el riesgo del cambio y una aspiración a lo hondo misterioso. Pero la otra cara de mis deseos de cambio era la búsqueda de mayor seguridad. Percibí que el Seguro donde yo trabajaba, era lo menos seguro y tampoco social. Pocos meses antes había conseguido plaza como adjunto al Servicio de Psiquiatría de la Ciudad Sanitaria de la Paz.
Recuerdo la sensación de firmar el contrato: difusa y profunda ansiedad. Era el final de un largo proceso auto-asegurador: No bastaba ser sólo cura. Ser Psicólogo y tener otro punto de apoyo, había permitido sentirme menos obligado con la Iglesia, al apoyarme en otra madre de Seguridad, la Social. De todas formas he sido siempre un buen hijo.

Yo soy un buen hijo. Yo no doy demasiados disgustos a mis madres. Claro que mis madres, todas, me han dejado jugar a muchas cosas. Quizá porque un buen hijo como yo merece un poco de disimulo. Hacemos un pacto: Yo soy bueno y te cuido mamá Vicenta, mamá Iglesia, mamá Seguro, mamá Psicología. Y tú disimulas y no te enteras de lo que yo hago que no te gusta. No te preocupes, que soy discreto y no te pongo en compromisos y evidencias.
La verdad es que la micro-libertad conseguida así es ambigua. Me deja jugar a más cosas pero siempre jugar a medias, porque el regazo y el control y el redil están ahí.
Y el miedo también. Un camaleonaje cotidiano que me ha permitido estar casi tranquilamente en situaciones tan dispares como una cama y una amiga, y luego una misa y unas monjas, y luego una sesión clínica casi científica y luego la preparación de una huelga de rojeras, y el cumpleaños de mi mamá, yo bendiciendo la mesa y una reunión como Delegado de Pastoral Sanitaria, y una sesión de Gestalt en grupo en mi consulta y un cine con otra amiga que hay que cultivar. Un poco de Zen a la noche y leer un poquito de Totem para dormir. Jornadas así muy repetidas le dan a uno o a dos una flexibilidad de cambio de rol que ya quisiera Mortadelo. Bueno, pues yo buscaba otra cosa. Y cuando firmé el contrato me angustié al percibir casi consciente que firmaba mi panteón “forever”. Creo que allí germinó la necesidad de tener que cambiar, de romper los úteros protectores hacia una VIDA más amplia. El Loco fue movido por el perro inconsciente y, en vez de sentarse en la nueva posesión se empezó a cargar el cargo.

Me encanta recordar que no recuerdo apenas los encuentros a mediodía con Emilio. Eran una suave espiral arrastrante y seductora. El cebo visible era un tema de interés y el anzuelo era de tres puntas; Lógica impecable (o tan fulgurante que no pillabas los sofismas), amorosidad acogedora con todos los que allí estábamos. Nos la hacía llegar por mil vías supongo yo. Pero sus ojos barrían la concurrencia como un limpiaparabrisas que arrastra las dudas que no te dejan ver. Y Fuerza. Ahora me es más fácil, al recordar, captar lo que entonces me llegaba brumoso. De allí salías estimulado, vitalizado.
A mí entonces lo que más me deslumbraba era su coco y sus síntesis expositivas. Seguro que el amor estaba pero mis sensores no estaban despiertos. Me fijé que yo escuchaba con ojos abiertos y mano en barbilla, mientras otros lo hacían con ojos cerrados y como sintonizando con el corazón.

El respeto con el que trataba al personal para mí se evidenciaba en su proceso de contestar. Alguien hacía una pregunta. Generalmente largas y enrevesadas que hacían evidente el mogollón confusional de los que allí estábamos. Aunque fuera un coñazo repetitivo o de coco “liao”, escuchaba amoroso y sonriente. Para que todos supieran cómo había sido la pregunta, comenzaba repitiendo: " Tú me dices: ‘tacatá tacatá...’ es así?” El otro se solía sorprender de lo acertado de la interpretación y dudaba un rato. Tampoco se montaba unas interpretaciones sofisticadas e inasequibles al demandante. Simplemente ordenaban e iban algo más adentro: a lo que quería preguntar. Por fin daba su opinión... En muchos casos contestaba con algo aparentemente lejano, que luego acababa aterrizando en el tema que inquietaba al fulano de turno. De paso nos había ampliado el horizonte a todos, haciéndonos sentir que el universo es mucho más grande que nuestro mundillo de conceptos habituales.
Nunca pude tener otra actitud que admirativa. Las críticas me las asolaba en un instante.
Creo que a mí me miraba mucho. Solía observarme unos segundos en sus pasadas. Siempre las recibí bien y siempre les tenía un miedo difuso. Como ante quién te desnuda, aunque sea amorosamente.
De todos los cursos creo que Emilio era el plato fuerte: Las otras cosas preparaban a su encuentro o eran estimuladas por sus palabras. El sostenía, como el mástil de la carpa donde estábamos, todo el tinglado de cursos que se movían alrededor.

El paisaje de Lizaso representaba el ambiente en el interior de cada uno. Los cambios eran fulgurantes, polares, fuertes. Amanecía de niebla cerrada. Mediodía sol radiante. Media tarde tormentón con relámpagos y truenos rotundos. A la noche estrellas claras y luna romántica. Ni que estuviera apañado.
A días nos levantábamos mustios, renegantes del madrugón, un poco depres y llenos de agujetas. La Dinámica y la Bioenergía nos ponían a tono. Ir todos los días más allá del tope que te pensabas insalvable permitía la experiencia de energía que cuánto más gastas más te llena. Al mediodía sin desayunar aún, estábamos de lo más radiantes. Y a la charla de Emilio. Con los poros bien abiertos, sus palabras entraban hasta el fondo. Los encuentros de la tarde en mi caso me pillaron con trabajo hecho. Pero los masajes de desbloqueo y de renacimiento eran demasiado. Me defendía de ir más allá del cansancio o del descontrol con mil artilugios. Uno era marearme. Nauseas y mareos me permitían pensar que había hecho todo lo posible. Los monitores lo comprenderían y dejarían de chillarme. Poco a poco me daba cuenta de mis juegos y los dejaba atrás.
Lloré mogollón. Sentí tristeza y soledad inespecífica que me vinieron muy bien... Y mi corazón dio de sí cantidad. Creo que allí por primera vez sentí AMOR en el pecho. Ese calor al centro del esternón que como sentimiento me hacía sentirme y sentir al resto del mundo. Como bueno, queriendo a todo el mundo. Sin porqué y sin buscar nada. Algo cálido que rebosaba desde dentro y reposaba sobre lo que me rodea.

Me impresionó la entrega, la amorosidad de los monitores. Omkar, sobre todo. Al ponerte la manta para que no te enfriases después de una agotadora danza, te transmitían un afecto que en muchos casos fue el momento de romper a un llorar feliz. Entendí bastante qué es eso de abrirse el pecho. Es casi una sensación física de expansión gloriosa que se apunta uno a repetir.
Me quedé con envidia - sólo a ratos - de los que se montaban unas catarsis o unos vuelos en plan demasiao. Yo quería experiencias fuertes. Me sospeché y me sospecho que hay que tener energía disponible para que te ocurran cosas. La mía no es de caudal arrasador. Quizá no tenga mucha, pero además me la gasto en pensar. No me ocurrieron grandes cosas pero las menudas fueron importantes. La más grande es descubrir que los límites están en mi mente. Emilio y Castaneda nos lo repiten constantemente.
Durante el curso de Sufismo, centrado en abrir el corazón al amor y al Amor, lo más importante fue la "iniciación". Poco a poco me fui enterando de que existía ese "ritual de paso" cuando pregunté qué significado tenía el "mala", un collar de 108 cuentas que todos los miembros de la Comunidad llevaban día y noche. "Es de la iniciación solían contestar escuetamente y como siendo discretos.
El cambio del nombre antiguo por otro, correspondiente al camino tántrico emprendido, lo hace Emilio el día de la iniciación. Nunca daban demasiados datos... Fui deduciendo que era un ritual que expresaba solemnemente el paso a una distinta manera de vivir, que poco a poco y curso a curso había ido fraguando. Me apetecía la iniciación al Sannyas, que como decía un folleto se trataba: Primero: Estar abierto a nuevas experiencias. Segundo: Vivir existiendo. Tercero: creer en tu propio organismo. Cuarto: Un sentido de la libertad. Quinto: Ser creativo. Sexto: Tener sentido del humor. Séptimo: Un estado de Meditación. Octavo: Tener amor a los demás. Noveno: La trascendencia.
Expresaba también la llamada que ahora sentía y los deseos que brotaban de dentro. Pero me lo tomé por lo... tranquilo. Ya he recibido en mi vida varias iniciaciones y ésta quería fuese más tranquila, implicándome a tope.
Nos reunimos con Ananda los aspirantes. Creí que había algún escrutinio... pero no hacían el asunto muy complicado. En realidad a través de los intensos cursos anteriores quedaba muy claro de qué íbamos cada cual. A uno de los aspirantes notoriamente descolocado, Ananda le dio largas e invitó a esperar.

Como preparación, sólo ir en ayunas y vestidos de rojo o naranja, bien duchados y no perfumados. Yo me lo tomé en serio y la víspera estuve silencioso y recogido. Me recordaba la espera de la ordenación sacerdotal hacía más de 10 años. Claro que la víspera del Sacerdocio aquel estábamos mucho más histeroides, ya que esperábamos hacía doce años. En el seminario estuvimos en vela toda la noche en la Capilla, también presintiendo que el Misterio nos había convocado a una cita y nos pedía apertura y receptividad.

En Lizaso amaneció un día radiante. Mis tripas algo encogidas y burbujeantes con alguna ansiedad que rondaba por allí, barruntaban claramente que algo fuerte se acercaba. Quería estar sensible y sereno a la vez. Respiré hondo y relajé el abdomen. Tenía interés en no inventarme experiencias cumbres. No buscar nada concreto sino lo que llegase.
Emilio estuvo disponible hacia las once. Nos recogieron en una habitación del sótano, el Gozómetro o así lo llamaban, donde no había estado nunca. Estaba bonita y austeramente decorada para meditar. Nunca he sido muy sensible a eso de las vibraciones de los lugares pero aquel daba buena acogida. Estaba Ananda de maestro de ceremonias. Nos colocó separados para que Emilio pudiera ponerse detrás de cada uno. Asistían gente del Arco Iris que estaban detrás, y nos pusimos en el silencio más profundo y receptivo de que éramos capaces. Yo estaba abierto, sereno y expectante. De rojo, con su paño de meditar, llegó Emilio. Cantó unos mantras y algunas invocaciones con la voz nasal aflautada que pone en ocasiones así. Luego hizo vibrar hasta las paredes con unos OM larguísimos e inseguibles, que hacían resonar claramente en el abdomen, pecho y frente. Ah, se me olvida el orden de los acontecimientos: primero dijo unas palabras sobre el sentido de recibir sannyas y andar por la vida de sannayasin. No recuerdo ni palabra de lo que dijo. Yo me recuerdo-invento que fue una estimulante homilía sobre el vivir fluido y libre. No aferrado a un maestro, a un grupo ni a unos colores. Un vivir integral: cuerpo, mente, espíritu. Muy bonito. Habló desde el corazón y yo poco a poco iba aprendiendo a escuchar desde el corazón. El argumento de la película cada vez me importaba menos. Tras las palabras, lo anterior. También tocaba una campanilla y no recuerdo bien más. Yo me recuerdo atento, con los ojos cerrados y poco curioso del ritual.

Después empezaba a estar con cada uno. De pié, detrás, te imponía las manos sobre lo alto de la cabeza. Largo y cálido rato. La Fuerza, la Energía se nota, se siente. Claramente, no era sugestión sino una vibración creciente que fluía de la cabeza a los pies. Acompañado de calor. También echaba aliento, su caliente e interminable aliento sobre la fontanela. Luego con el pulgar derecho, creo, presionaba en el entrecejo, sobre el tercer ojo. Poco a poco un creciente y poderoso punto de luz blanca se abría camino allí. Me conmocionó. Quise aferrarme a él, pero se fue casi con Emilio. Me puso una mano en la espalda y otra en el pecho, que me recordaron los electrodos resucitadores usados en cuidados intensivos. Como un creciente palpitar aceleró mi corazón y me sentí glorioso, genial, profundamente bien y en paz a la vez. El mala, que había magnetizado previamente, te lo ponía a la par que el nombre. El mío fue Al Musawir, uno de los nombres de Alá. El que toma cualquier forma porque no tiene ninguna y las domina a todas. El formador, o en versión mía, el informal.
Junto con Fidel (caí en la cuenta) eran los dos polos de mi modo de ser. El que permanece, es fiel y tiene un núcleo constante y el Musawir, que toma cualquier forma.
Su voz al decirlo, era relajada y profunda, trascendente, como un mensaje desde muy lejos.
Cuando acabó la ceremonia nos dio un beso y un abrazo a cada uno. A mí con un guiño me dijo: "¿Qué funciona o no, lo del Espíritu Santo?". La verdad es que la Energía y la Fuerza eran una experiencia sensible, lo interpretaras como quisieras luego.
Me volví a comparar con la ordenación sacerdotal. Era un nivel parecido, pero mucho más aparatosa y barroca. Y encima el aparato clerical no estaba enchufado a la red. Recordé con pena que no me había llegado le enésima parte de fuerza que en esta sencilla ocasión. El Obispo Morcillo hacía lo mismo casi, pero me suena a que poco bajaba por él. Para ser justos, a mí entonces no me llegó apenas y ahora sí.
Todo rojito y con mi mala me vi de la orden del Arco Iris. Me sonreí al ver como se repiten cosas en la vida y siempre son distintas. Como una espiral que vuelve a pasar por los mismos sitios pero con creciente profundidad. Mis cambios no son mágicos, son espirales.
De mi quinta eran también Vasuki, Yayati y Tumkasila.

Para mí significó una opción por un estilo de vida más entregado.
El psicólogo -Fidel a estas alturas de cursos en Lizaso, ya se sentía pequeñito. Yo me presenté allí en actitud de aprender. Abierto y receptivo. Pero realmente buscaba trucos nuevos y herramientas sofisticadas para el taller psicológico que acababa de montar. Ya tenía yo el proyecto de hacer síntesis de tradiciones, pero con una fórmula más modesta y materialista. Era como suscribirse al "Mecánica Popular Psicológica" americano, japonés y alemán a la vez. Todos ellos enseñan cómo hacer virguerías con el hombre en sus distintos aspectos. Con el hombre mecánico, claro.
Poco a poco la psicología conductista me había seducido. En su afán por ser tan eficaz y prestigiosa como las llamadas "ciencias", copia el reduccionismo simplificador y convierte al hombre en algo mecánico, previsible y unidimensional.

El definir, evaluar, modificar y prever comportamientos es la meta de las ciencias de la conducta que empecé a explicar a las alumnas de enfermería. Incluso mi tesina de Licenciatura se titula "Entrenamientos de padres en técnicas de modificación de conducta". Mucho angustiado pulula por la Psicología buscando esquemas que les expliquen y permitan el manejo del hombre. Secretamente se trata de evitar el vértigo de lo misterioso y desconocido que somos.
Me gustaba cómo Rosa C., mi amiga de siempre durante diez años de trabajo en La Paz, a pesar de ser un coco privilegiado en la matemática y la abstracción y una computadora incansable y superespídica, cada vez dejaba más sitio al misterio, la mística, lo inmanejable en su vida. Sigue con miedos, pero sigue abierta. La invité a pasar por Lizaso y probó. Claro que enseguida desarrolló las más aparatosas defensas contra el bulldozer arrasador del Emilio.

A mí también me aplanó el dichoso Emilio el orgullito de psicólogo enteradillo. Su directo conocer al que pregunta o simplemente estar ante él. Su habilidad para intuir lo no consciente y leer el cuerpo me deslumbraron. Quizá por efecto halo le atribuí la misma autoridad en el conocimiento de las dimensiones superiores y los planos invisibles del hombre. El describía en sus charlas los entresijos invisibles con la soltura que yo describo los laberintos de mi hospital.
En poco tiempo mi actitud ante él se resumía en "cuando sea mayor quiero ser como tú". Para mayor maquiavelismo te hace saber que es posible. El no es distinto que tú. Y ya estás liao.
Los esquemas explicativos de mí y el hombre empecé a sentirlos como los ingenuos dibujos que hacen los niños con cuatro rayas. Creen haber pintado todo y los muestran satisfechos diciendo ¡ya está!.
Ahora pienso que el segar mi petulancia, dolorosa al principio, porque yo vivía de venderla bien cocinada, fue un buen regalo : el comienzo de una sabiduría que comienza por ser consciente del "no saber".
Además esta gente en los cursos, se enrollaba poquísimo con teorías. Astutamente no planteaban la batalla en el terreno en que veníamos bien pertrechados: en el intelectual-discutidor-coquetero.
Un tres por ciento de hablar y un noventa y siete de hacer. Así que incluso los que hacíamos bolillos mentales con mil argumentos y teorías, nos quedábamos con una maraña de hilos y ¡a saltar!.
Saltando y danzando fuimos más allá del esfuerzo, los bloqueos corporales y afectivos, los miedos y las tripas bloqueadas. Y sin apenas haberlo anunciado la azafata y el comandante, estábamos volando por cielos insospechados y espacios interiores que dan perspectivas increíbles teóricamente. Al personal de tierra, al de torre de control, y al jefe comandante Emilio les estoy agradecido mil veces por aquellos mundos que descubrí de su mano, pero aún recuerdo el susto cuando íbamos sin ni siquiera ponernos el cinturón de seguridad, más allá y más deprisa de lo que todas las terapias, manuales y maestros "prudentes" consideran arriesgado.

Tienen una ventaja estos kamikaces que pilotan los cursillos. Ellos ya han volado por donde conducen a los novatos. Se les nota confiados en la Vida (lo que ocurre está bien) y en su habilidad de actuar en ella.
En una sala (ex-comedor de obreros en una autopista) hacíamos maratón, es decir, sudamos, saltamos, lloramos, gozamos y todo a tope más de ochenta personas.

Curso de cristianismo.
Mi psicólogo quedó hecho polvo, pero mi cura... ni te cuento.
Ante Emilio tuve la impresión de ser increyente. Y un poco paleto además. Ahora tengo claro que mi fe era más bien racional, poco vívida y encima pueblerina.
También es cierto que hacía tiempo no me amamantaba ya a los pechos de la Santa Madre Iglesia. A mí me sabía a boletín oficial su descreída leche. Como mamá, hace tiempo que no nutría. Sólo daba advertencias y avisos de precaución. Yo hacía mi vida pero vinculado a Jesús. Bueno, a los dos. A mamá Iglesia sigo por eso de que fue mi segunda mamá y de las dos me da miedo desapegarme. Mamá Vicenta ya nada tiene que ver con el que hoy vive. Pero es mi maceta y mis raíces y mi escoliosis, y mi manera visceral de sentir el mundo es mucho el suyo. Madre Iglesia me parece protectora. Es una fantasía, ya sé. Es hoy un macro-sistema tan despersonalizado como la Seguridad Social... Bueno, es la Seguridad Social Espiritual más o menos, Y a todas las seguridades las he ido nombrando mamá.
Ya se sabe. Mi carta es el Enamorado, y desde la cabeza y con un pié uno siempre calcula que no es sensato des-madrarse.
Ni mis mamás me aman, ni yo amo a mis mamás, pero mis miedos me miman y yo mimo a mis miedos y mis miedos me sostienen y parte de yo, o yo soy mis miedos...
Y no quiero destetarme y que me voy y me voy y me voy... y no me he ido y siempre tengo mi pié allí y me dejo la puerta de volver...

En mi línea de la vida, el Enamorado es la carta base. Mis genes. Pero Jesús estaba de otra forma. Dios y Jesús nunca los he sentido con miedo. Siempre agradeceré a ellos y a los formadores que me tocaron en buena suerte el no haberme asustado con Dios. Quizá ellos (en el seminario, en el cole) no sentían, no vivían al Cristo amoroso en sí como para contagiarlo, pero fueron lo suficiente sensatos y limpios como para no enturbiar el camino del Señor con miedos y alambradas.
Y yo, mientras ejerzo de cura, de creyente, o simplemente testimonio mi fe, no recuerdo nunca asustar a nadie con historias de Dioses justicieros ni Jesuses de pecho estrecho. Con Jesús he seguido la relación bien...
Usted perdone, Jesús. Estoy contando esto como lejano.
Ahora que mientras escribo te siento palpitante en mi pecho y en el Universo, casi optaré por contarte a ti lo que ya sabes.
Me queda claro que eres tú quien nos escoges, no a la inversa. Pero estoy tan acostumbrado a creerme el autor de mis opciones que se me olvida el ángel volandero que ocupa la mitad superior de la carta y la vida en los Enamorados.
Lo más estimulante de este curso fue eso de realizar el Cristo que hay dentro.
El disparador fue otra vez Emilio. Lo he dicho tantas veces de palabra que tendré que escribirlo. Emilio es lo más Cristo, en vivo, que yo he conocido. Y que me ha tocado (tocado con la mano, besado, dado toques, convulsionado, llamado, energetizado y la tira) más profundamente. A su través me ha llegado, he llegado, hemos contactado lo Divino y lo misterioso. Jesús el Cristo se me ha hecho bastante más palpable (y a la vez inasequible y misterioso, seductor y cabreante, encantador y asustador) que el Jesusito de mi vida y fantasías.
Yo, leyendo los Evangelios, seleccionaba hábilmente las páginas que menos se metían con mi status. Con Emilio es imposible volverse cómodo. Dicen los de la Comunidad y verifico yo que con su sola presencia en casa, ya estás en vilo. Constantemente agita las aguas de esta piscina probática para que ningún paralítico se haga crónico instalado al borde. Emilio podría llamarse también el descolocador. Eso sí : por lo amoroso. Te puede montar la gran bronca, pero si tus neuras no te nublan el sentir, percibes claramente que está cocinada con la mejor salsa anahata. A la larga será nutritiva, aunque los que tenemos la tripa apresada por un puñado de miedos tardamos siempre mucho en digerir
La clave "teórica" del curso: EL CRISTO no está fuera, está dentro. "El Reino de Dios está dentro de vosotros" supone y exige movilizar la energía polar que reside en los extremos de la columna y que recorriendo ese canal de 33 vértebras, se fundan en el corazón.

De repente, las ya complejas teologías que estudié y medio olvidé (por eso de que el organismo sabiamente se libera de las toxinas como puede) me parecían una hiper simplificación mentaloide de la VIDA DIVINA que por los distintos canales de las tradiciones vivas sigue haciéndonos hoy posible creer y llegar a ser Dioses. Emilio, Omkar y Mahendra, en breves charlas nos entregaban claves esotéricas que durante siglos han permitido leer las escrituras y los símbolos con la densidad que tienen.
Sólo algunos ratos me llegué a cabrear con los siervos inútiles que habíamos llegado a ser los curas, obispos y Papas, transmitiendo de generación en generación rituales vacíos que no nutrían al gente. No me he sentido culpable ni de mala voluntad, y quizá los que me formaron tampoco eran "malos". Pero el hecho está ahí: seguimos ni entrando ni dejando entrar en el Reino. Y encima cargamos fardos en el coco ajeno que luego se pasan la vida arrastrándolo.
Hoy, al escribirlo, no me siento ni siquiera frustrado por ellos. Me sospecho que es un juego sostenido por ambos lados: La Iglesia conservadora cierra el paso al misterio y vende barato salvaciones y ansiolíticos que no trastocan el orden ordenado. Y los que la sostenemos con nuestra asistencia estamos secretamente conformes con que nos ahorren el duro camino de MORIR y RENACER para entrar en el Reino. En la época de los cómodos plazos, con nueve primeros viernes de mes o así, mi tía Emma piensa salvarse. Si en los kioscos se venden salvaciones en fascículos es porque hay mucho listillo que quiere todo por nada casi.
Me resultó fascinante eso de que el Reino, el tesoro, la semilla, está enterrada y dormida en mí. Un trabajo adecuado y ¡ ZAS !, el Cristo aparecía dentro. Amoroso, luz inmortal.
Emilio, en plan mago, sabía tocar las teclas blancas y negras de todos nosotros y animarnos a entrar por la puerta estrecha.

Por un lado nos infundía el valor necesario, la fuerza con que atrevernos a lo desconocido y lo misterioso. Fiados en él no era difícil echarse a caminar sobre las aguas y correr riesgos. El mismo brillaba encima de lo que otros consideraban insensatez: abandonar todo camino firme y entregarse confiado al Océano Divino. Yo creo que flota por estar vacío de egos y otros intereses.
Pero como buen maestro, también tocaba sutilmente nuestras teclas negras, nuestro ego oportunista y aprovechadete. Sabe presentarte el asunto fácil, casi tirado. El viaje espiritual, el vuelo místico, la iluminación y la felicidad están ahí, a mano. Hoy mismo puede ocurrir. Sólo entregarse. Y este ratito es suficiente. ¡YA!.
Sus juegos de manos te hacían olvidar los miedos que constantemente avisan: este hombre quiere acabar contigo. Creo que por ahí está una raíz de lo atractivo y fascinante de Emilio, y el miedo visceral que se despierta ante él. Si te dejas llevar por él y lo que detrás de él anda por ahí..., acabará contigo. Seguro.
Su pedagogía es: mueve Energía, déjate llevar, atraviesa las paredes del miedo y comprende que eran humo. Me encantó. Me sedujo. Y me entregué. A través de los miedos, del cansancio físico, de una actitud humilde, mis horizontes dieron de sí. Un curso " tan espiritual" fue a la vez tan materialista que fue para mí un descubrimiento. Se trabaja con el cuerpo, con las respiraciones, con las energías adormiladas dentro...
Y ahí esta todo lo DIVINO y el Universo entero.

La experiencia era el eje. Las charlas fueron una concesión a lo coqueros y pensadores que somos. Ayudaban, vía intelectual, a modificar nuestros mapas de lo real. Pero lo fundamental era recorrer los caminos. (Anda que no he coleccionado yo mapas y diapositivas de los caminos hacia Dios !... pero lo que se dice caminar... bien poquito). Y como Mateo, que me llamo, dejé mi biblioteca y me eché.
Omkar y Mahendra se montaron un curso de Kundalini Yoga Cristiano. Que por cierto, medio improvisaron sobre la marcha.
Decía Omkar, que llevaba la voz cantante: Bien, ahora vamos a movernos un poco. Replicaba Mahendra: " casi mejor vamos a meditar un poco". Cuchicheaban un poco y, después de la negociación, salía una danza salomónica. Pero fue genial en sus efectos para mí.
Danzamos horas enteras con los brazos en alto pidiendo la venida del Espíritu. Hicimos imposición de manos tras marchas energetizantes. Ahí comprendí el sentido de imponer las manos y ungir para curar. Se notaba una fuerza que claramente fluía por las manos. Yo se las impuse a Ambhasi en la cabeza y quedó impresionada, me dijo. Y yo también.

La oración de los brazos en alto, al estilo Moisés fue luminosa para mí. Me alumbró los dos costados. Con una preciosa música de danzar, fuimos poco a poco levantando los brazos e invocando a Jesús; ¡Señor Jesús, abre mi corazón! (o a la invocación que cada cual prefiriese). Pasados los primeros dolores y las montañas de distracciones, realmente se sentía abrir el pecho. En el centro un calor fuerte empezaba a irradiar en oleadas todo el cuerpo y poco a poco fluían las emociones. Ternura, AMOR. Yo me encontré varias veces llorando de alegría. Una y otra vez decía con todo sentimiento, uniendo mis voces bien fuertes a las de los otros veinte del grupo. En un momento cumbre me distraje y recordé que tenía urgencia en telefonear a Madrid, al Jefe Santo Domingo sobre rollos del trabajo. Me sorprendí gritando: "Señor Jesús, abre mi corazón que tengo que llamar por teléfono". Me escuché y de pronto explotó de mí un golpe de risa y de humildad a la vez. Reía y lloraba a todo trapo al sentirme tan sublime y chapucero a la vez. Al punto del satori se me ilumina la agenda y eso me lleva al arcén de la distracción cuando iba embalado.

Otras muchas veces he sorprendido juegos y trampas de mi inconsciente justo cuando llego a tocar alguna puerta importante. Me distraigo, me despisto y así no perdemos las seguras posiciones. Un cuarto de hora reí sin parar. Tenía por mí una especial ternura y comprensión y, a la vez daba GRACIAS al Dios que nunca se cansa de visitarnos. Claro que ese es el Dios bonachón que yo invento. En realidad Jesús, Don Juan y todos los enterados avisan que la oportunidad viene como un novio y se lleva al despierto que vela con su candil. De los otros pasa.
La inmovilización en Cruz fue también fuerte.
Introdujo el trabajo Emilio que nos volvió a poner a tope antes de empezar. Me despedí enternecido de él, sabiendo que cada trabajo era morir al hombre viejo. Me dio un abrazo sensacional y me entregué a la CRUZ. Fue más suave. Quizá porque tomé ciertas precauciones. Ahí me observé la costumbre de tomar ciertas prudencias cuando doy un paso. Como me dijo Emilio: "Das el paso grande pero te quedas en segunda fila, observando".

En aquellos días me enamoré de Ambhasi -todavía Celia- un poco más. Precisamente una noche de luna llena, a la puerta de la Iglesia del pueblo, después de hablar de su hija, mi corazón dilatado y esponjadito se animó a dar pasos de acercamiento a esta mujer que tan dentro he sentido. Entre miedoso y femenino, suelo dejar que en amores sea la otra quien tome la iniciativa. Aquí me arriesgué y además de con abrazos y besos le dije que la quería.
Todavía sigo distinguiendo muy claramente cuando Amo y cuando deseo o quiero. En algunas especiales ocasiones he sentido esa vibración profunda que rebosa del corazón y ama todo lo que está alrededor, mujer incluida. Noto cómo ahí no me busco, sino que reboso ALGO que ni siquiera es mío. Que me ama a mí, me inunda, me sobrepasa y se difunde alrededor. Otras veces tengo claro que deseo para mí la ternura y los mimos, el apetitoso cuerpo y las amorosas vibraciones de Celia. Que, por cierto, en aquellas fechas tenía su corazón rebosante y a tope. Bien bonito. Nos dio la madrugada viendo la luna, desde la puerta de casa alucinados con el pasar de las nubes a toda marcha. Apenas hablamos. Nos embargó la sensación de estar en un mundo lleno de Misterio, que esa noche vivíamos como arropante y amoroso.

Y vino la cosa de pedir entrar. Me dijeron que había una lista de espera de trescientos y pico. Yo me lo creí y me preocupé. Puestos a cambiar de barco, éste, ya navegando con rumbo cierto y fuerza en sus remeros, me apetecía más. Pero yo no me sentía seguro. Mi autoestima oscilaba entre creerme un buen partido para la Comunidad (simpático, acomodable, psicólogo y amistoso), y no dar la talla. Si no daba la talla pensaba dar batalla. El curso de Vipassana, nueve días en silencio era ideal para hacerme películas sobre cómo despedirme del trabajo, decirlo en casa, qué hacer con mis cosas, cuándo me iluminaría, cómo hablar con Emilio. Con tantas meditaciones por delante mi productora paría guiones de todos los tipos. De los más originales eran para conseguir que me admitieran. Uno era aprovechar la fiesta con la Comunidad al fin de curso y pedir una oportunidad exponiendo mis méritos. "Ya me se diez nombres en sánscrito y un Kirtan entero sin casi blasfemias. Friego en cuatro idiomas e incluso me podría dejar la barba". Con unas cuantas paridas más el público era seducido por mi simpatía y clamaban al unísono ¡que entre Musawir, que entre Musawir! Tilín, tilín, acaba la meditación. Paseo por el campo y película nueva. ¡Qué Vipasana, madre!

Es tanta la energía que se acumula en ese curso, que si se orienta a la cabeza, la fantasía produce maravillas. Soluciones a problemas insolubles. Diálogos diplomáticos con el jefe, la mujer y la familia. Obras de arte en todas las ramas. Me dio tal flash las posibilidades creativas de esta técnica, que decidí organizar un día Vipassana para ejecutivos: visión lúcida para ser creativo en los negocios.
Y tocó hablar con Emilio: fue un paseo después de cenar. Yo nerviosito, pero ya había aprendido a no preparar lo que quiero decir. Sale lo que tiene que salir aunque haga veinte ensayos previos. Pensé decirle que yo quería, pero que no estaba seguro de valer. Estaba flojo de cuerpo... A veces me dan prontos pero luego me desanimo. Quizá tenga que acabar lo que empecé en La Paz que yo creía valioso. Estaba a tope con la atención a los enfermos de colza y con la asistencia a los pacientes terminales de cáncer. Ambos grupos de asegurados eran rechazados claramente por la medicina técnica y triunfalista y yo me había encargado de ellos. Además yo no conozco mis fuerzas y no se si estoy en un delirio hipo-maníaco esperando a ser Divino o casi...
Emilio me dejó acabar el rollo y no contestó a ninguno de mis miedos. Directamente habló de lo que había que hacer en casa cuando entrase. Recuerdo frases como: " Yo te veo con fuerza, sí. Aunque a veces te quedas en segunda fila después de dar el paso. Yo te veo aquí y hay mucho trabajo que hacer. Podrías contar tu experiencia y que sirva a otros como tú... ". Y contó luego historias de su adolescencia, que ya era capaz de hipnotizar. De su juventud, que si no recuerdo mal, fue muy movida políticamente y en plan kamikaze.

Fue paseando por la carretera de Gorronz, y me transmitió fuerza y confianza. Se evaporaron mis temores y me vi con él navegando en el mismo barco.
De repente, aquel embarque con Emilio en el Arco Iris me resultó tan vital, rico y estimulante, que nunca he sentido haber dejado o perdido algo con lo que dejé atrás.
Iba a preguntarme ¿cómo lo hace?, y me ha venido a la mente Carlitos, empeñado en darse explicaciones concretas y breves a la magia de Don Juan. Incuso me compré hace poco un libro titulado "Estructura de la magia". Al poco descubrí lo pretencioso de los autores y lo listillo que soy buscando una receta rápida y breve de cómo tener Fuerza y Magia.
Los autores americanos aseguran haber pillado el truco. Es un problema de estructura del lenguaje. El mago detecta la equivocada formulación de la realidad. Enseña al paciente cómo redactarlo de otra manera...... y ¡ya está!

O sea: algo no luce porque está desenchufado y con el cable torcido. Cambias el cableado y.... como no lo enchufes la cosa sigue a oscuras. El gurú, terapeuta, animador, o lo que sea, necesita energía, fuerza y poder trasmitirla, claro. La ventaja de Emilio es que tiene, o por su través pasa Fuerza y sabe mandarla por siete canales. Se asoma ahora por encima de mi hombro y sonríe. El sabe que tampoco sabe del todo lo que pasa.

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2005 © Emilio Fiel