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Europa 1999. El despertar del sol de Europa
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Europa 1999
El despertar del Sol de Europa

Crónica 3
 

Fue al final de veinte intensos días de verano, en la ermita de Ibañeta. Atrás quedaban oraciones y cantos esparcidos por los sagrados rincones de la vieja Europa.Aquel día ya no se organizó trajín de pucheros, la furgoneta descansaba frente al hayedo de Roncesvalles, los butanos contenían su fuego... Los concheros enterraban sus últimos cristales allí donde los peregrinos europeos tropiezan con los valles navarros, donde la Mesa del Señor Santiago culminara también otras peregrinaciones...

En el mismo collado donde Carlomagno viera mermada su gloria y otras batallas dialécticas más recientes urgieran de limpieza ese lugar, se reunieron los concheros en uno de sus últimos y más emotivos actos.

En vez de cazo y cuchillo agarramos la cámara, pero el objetivo no sabía dónde anclarse. La máquina andaba loca. No acertaba dónde disparar, la lente no distinguía qué estampa inmortalizar. Mientras los cristales eran sahumados para retornar a la Madre Tierra, las gargantas apuraban sus últimas alabanzas: "Con un sonoro canto y dulces melodías, alabemos al Dios Santo que nos da su energía...". Por doquier bellos rostros, henchidos de espíritu, reclamaban su instantánea. Cada figura era ya digna de foto y enmarque.

¿Qué dejaban atrás estos concheros incombustibles, a la vuelta de miles de kilómetros con sus canciones en los labios y el polvo en sus sandalias? ¿Satisfacción del trabajo culminado, gozo del retorno, sublime trance colectivo...? No acierto con la entera razón, pero todos los rostros se encendían.

Seguramente fuera eso, una pequeña misión cumplida dentro de un plan mucho más grande cuya magnitud hoy por hoy nos desborda, descomunal tarea que no se puede afrontar de una tacada. Por eso estuvo bien así: una danza a la sombra de las piedras milenarias, una oración a la Madre que nos aguardaba en medio de ciudades de encanto, unos cantos sobre la arena de playas inmensas... y todos esos instantes pegados por verdadero compadreo y sana alegría compartida.

Dicen que fue fecundación de rayos y tormentas divinas, estrecha fraternidad amañada bajo toldos diminutos, camaradería hilada en eternas autopistas... En realidad todo debió ser un sueño tejido entre velación y velación, un animado paréntesis en que nos sumió la sagrada atmósfera del copal... ¿A dónde viajamos en realidad? ¿A Rocamadour, Stonehenge, al lejano Berlín... o tan solo perseguimos el eco incansable de más íntimas caracolas? Dicen que el sol acrecienta fantasías, que no nos derribó ningún rayo en la muralla de Montsegur, que el círculo de Glastonbury no guarda en sus anales artúricos el sagrado círculo que, con familias hermanas, formamos en su torre...

Pero damos fe, porque lo vimos mientras revolvíamos la sopa y sacábamos la carne a los melones, que se entregaron allí donde pusieron pie y calzaron plumas. Damos fe de que se emplearon a fondo, de que el humo sagrado del copal alcanzó la Puerta de Brandeburgo, los menhires de Stonehenge, las gaviotas de Saint Michel.
 

Damos fe de que los concheros dieron todo de sí por los caminos de Europa mientras les preparábamos müesli y pelotitas de arroz para sostener su gesta. Siempre llegaron tarde al ruido de los perolos, a la señal del rancho; pero tenía que ser así. Dicen que no era fácil callar en la última estrofa de la alabancita, silenciar la cuerda en el último rasgueo... Tanto por alabar, tanto por cantar...

Quizá alguien se preguntó a lo largo del peregrinaje qué hacíamos allí, perdidos en asfaltos, a 2000 kilómetros de distancia, en medio del fragor de ciudades desconocidas. Las respuestas llegarían de los corazones agradecidos agolpados sobre el círculo de la danza, de una Madre Tierra halagada por el sudor derramado en tan remotas geografías, del Cielo que nos tumbó con sus rayos sobre mullido suelo de piedras...No más tropezamos con la Colegiata, no más tomamos asiento en España, algunos conspiraban ya para peregrinar de nuevo, para saltar otra vez al mundo y encender el sagrado copal en rincones más lejanos.

Hubo quién dejó girones de corazón en la cuneta de la carretera mientras que, camino de Pamplona, una "Paloma Blanca" salía de las gargantas y elevaba la dicha de los peregrinos por encima de las ancianas pero siempre reverdecidas cumbres de Euskalherria.

 
2005 © Emilio Fiel