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Europa 1999. El despertar del sol de Europa
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Europa 1999
El despertar del Sol de Europa

Crónica 1
 

De nuevo viajando en espiral por los sagrados caminos de las estrellas, proyectados esta vez sobre las sendas asfaltadas de Europa, allá por donde el Sol trata de atravesar, tantos días inútilmente, las grisáceas cortinas que velan el cielo.

A lo largo de tres semanas la lluvia ha sido nuestra más cercana y misteriosa compañera, desde que atravesamos la ilusoria frontera hacia Montségur hasta que cerramos el círculo en Roncesvalles, recuperando en los montes navarros "nuestro" Sol resplandeciente de vida, antesala del merecido y caluroso amerizaje del que disfrutamos los siguientes días del mes de agosto.

En el transcurso de cada jornada, la lucha entre la bonanza y la tormenta nos regalaba algunos momentos luminosos, especialmente en el círculo de danza, pero la humedad perseguía nuestra sombra tanto que, por primera vez en las cuatro peregrinaciones, los tipis de campaña fueron nuestro abrigo cotidiano con una buena media docena de excepciones nocturnas. Y esta misma agua de los cielos fue la que nos introdujo con mano fluida y desafiante en los más bellos momentos, los más íntimos e iniciáticos de toda la peregrinación del "Despertar del Sol de Europa".

La velación inicial en Nuestra Señora de Salz, cerca del Pilar de Zaragoza, se realizó el día del Apóstol Santiago y resultó poderosa aunque un poco falta de sincronía, como presagio de esa armonización que tenía que servir de antesala para emprender durante tres semanas la ruta sagrada establecida.

Al día siguiente, en Monserrat, todo fluía mejor y las dancitas revelaban la alegría del encuentro y el nuevo desafío que recién acabábamos de comenzar. Era como si no hubiésemos deshecho las mochilas de la peregrinación del 95 por los Cuatro Vientos del corazón de Hispania o del 96 por los Caminos de Santiago en Francia.

Se sentía esa continuidad y esa facilidad que nos acompaña siempre que partimos en peregrinaje y no existen interferencias extrañas.

La prueba de fuego llegó muy pronto, en las tierras ancestrales de los Perfectos, esos hombres y mujeres cátaros que se convertían en Cristos vivos y que fueron masacrados por sus hermanos cristianos, seguidores de Roma la pérfida.

Y esta prueba nos mostró sin posibles dudas el nivel de exigencia de la gesta que teníamos delante y nos mostró el elevado grado de protección que nos cubría desde lo Invisible.En lo alto de la muralla y después de dos avisos estruendosos que hicieron vibrar nuestra auras, ante la petición de un signo que llegara del cielo, e invocando a Santiago como señor del rayo, se manifestó instantáneamente su trueno ensordecedor y su torrente imparable de energía que derribó a ocho de los trece guerreros que hacíamos equilibrios en las ruinas centenarias (de ellos tres perdieron brevemente la conciencia). Esta fuerza incomprensible descendió inmediatamente después hacia la parte baja de la muralla donde otra veintena de concheros hispanos, refugiados de la tormenta en dos estrechos arcos de piedra, tuvo contacto directo con las chispas liberadas, con el sonido apabullante y con la sensación de estremecimiento divino que acompaña la presencia del rayo.

Un chorro de fuego, enormes piedras removidas, alguna zapatilla de deporte calcinada, manos o pies dormidos, algún que otro grito de descontrol o de maravilla, agua y granizo a mares, más rayos, y en medio de todo esto la impresión indudable y pasmosa de que habíamos sido tocados y protegidos por el Espíritu.

Cantos y plenitud, agradecimiento con lágrimas en los ojos, invocaciones, plantado de cristales, abrazos con el resto de los hermanos etc.

Luego nadamos como delfines y descendimos de Montségur a paso de poder, resbalando en la tromba de agua como si de esquí alpino se tratara...

Y así fueron corriendo los días, entre los que podemos señalar el precioso encuentro en Berlín con algunos compadres y comadres del Tata Ernesto, así como la intensa danza que compartimos con ellos en la Puerta de Brandeburgo... el ritual conchero ante el monumento megalítico que es el Sternsteine en la Baja Sajonia alemana (cinco enormes pilares de roca caliza que se elevan 30 metros por encima del bosque y en cuya cámara más alta hay un nicho para observar la salida del sol en el solsticio de verano)... una breve pero preciosa peregrinación a pie por la zona de la Selva Negra con una humilde dancita final en un lugar anónimo, perdido en las entrañas de este dragón de vida con sus árboles oscuros. Atravesamos Holanda y Bélgica con más danzas hasta que pasamos al sur mistérico de la Bretaña grande (el paso del canal se percibe energéticamente como un gran revuelo interno), sintiendo como nunca el poder de la Tierra y la presencia viva de ese insondable mito-realidad del santo Grial. Las gentes "tiesicas" las pobres para defenderse del chorro telúrico que se manifiesta constantemente.

Danzamos en Stonehenge aunque, como en el caso de las grandes catedrales cristianas convertidas en museos para japonésidos, su poder pertenece ya a otro tiempo, y a sus guardianes hay que darles tila, además de una buena dosis de respeto humano. También lo hicimos, con mayor armonía, en el atrio de la Catedral de Salisbury (donde resuenan las campanas del cristianismo primordial), pero esta experiencia quedó eclipsada por nuestra caminata y danza en la colina de Glastonbury donde se cree que está enterrado el rey Arturo (ya que, rodeada de tierras pantanosas y de ríos, se asemeja a una isla, la misma que algunos identifican como la isla de Avalon habitada por hechiceras).

Y, ciertamente, en Glastonbury hay más diosas y hechiceras por metro cuadrado (además de comercios para atender sus demandas) que en ningún otro lugar de la Vía Láctea. Allí disfrutamos de ese encuentro de hermandad con el pueblo inglés que ya intuíamos como necesario antes de abandonar la tierra sagrada de Camelot.

No será posible olvidar a ese druida del gong que correspondió a nuestra ceremonia con auténtico poder interno, ni al grupo de indígenas ingleses que colaboró con el plantado de "ese pedaso de cristal" que ofrendamos a la colina artúrica "desde donde puede verse el más allá". Sin dudarlo, fue otro de los momentos eternos del peregrinar europeo. Pero aún no habían terminado las aventuras porque, de retorno al continente, tuvimos cita con el Mont Saint .Michel en Normandía, uno de los más poderosos centros espirituales del medioevo (decía Víctor Hugo que es para Francia lo que la Gran Pirámide para Egipto), al que llegamos después de pasar el eclipse de la mañana del 11 de agosto en una pequeña iglesia románica dedicada también a San Miguel.

Siete kilómetros de poderosa caminata por las marismas de arenas movedizas (para tranquilidad material del grupo de guías que bienvive de este fenómeno natural no autentificado) hasta llegar al monte-isla que había servido como tumba céltica en la antigüedad, cuando los druidas lo utilizaban como centro de adoración al Sol. (Más adelante, en el período romano, se continuó con el culto al dios solar Mithras y, por último, el dios Sol fue sustituído por San Miguel, jefe de los ejércitos celestes).

Después llegamos a Carnac y sus menhires megalíticos. Otra danza intensa y armoniosa, y otro cristal a los pies del Dolmen del Gigante...

Y así, poco a poco, de regreso hasta Roncesvalles, donde nos recibió un día soberbio tal y como lo fue la danza y la limpieza que allí realizamos para equilibrar los momentos de despedida en el peregrinaje del 96 que crearon en su momento cierto desasosiego en los corazones.

Por último, velación y danza en Zaragoza, dedicada a la madrina del Señor Santiago, la Virgen del Pilote, del Pilar, de la Piedra.

Nos quedamos con las monjitas de la Virgen del Salz y su santo Juan Bonal, y danzamos con alegría en su convento. Recibimos sus cuidados y cerramos tres semanas de Obligación Conchera que, sin duda, irradiará no sólo en nuestros corazones y en aquéllos que fueron testigos de nuestro trabajo, sino también a través de los radiantes cristales que fuimos plantando por todo el camino y que fueron introducidos en la Red Planetaria el día del eclipse, tal y como se nos había encargado desde nuestros hermanos volátiles.

¡Buen camino a todos los peregrinos del Dharma de la Ascensión de la madre Tonantzin!


 
2005 © Emilio Fiel