Experiencia Encuentro Naturaleza Mágica, por Susi

Reviso mi estado interno antes de elegir un árbol que me ayude a vivir este proceso. Ahora en mí reconozco cierto entusiasmo por la entrega que requiere este trabajo y también un poco de miedo ante el misterio de mirarme de frente a mi misma y a mis emociones. El grupo entero que somos -unos veinte- se dispersa por el monte para encontrar cada uno un lugar con una encina centenaria donde hacer el trabajo y pasar la noche en soledad. Soledad y oscuridad son elementos que facilitan el contacto con la historia personal y los asuntos inconclusos del pasado de cada uno de nosotros. Siento cerca a mis compañeros de viaje como si tejiésemos una red con un propósito común, encarar y disolver esos hilos emocionales que nos atan al pasado y que nos impulsan a repetir las mismas situaciones una y otra vez como si nunca aprendiésemos nada, sin apenas tener espacio ni energía para vivir lo nuevo del presente. Pero estoy sola en la noche que empieza y ya he elegido un árbol de tronco grandioso cuya copa se extiende poderosa y me acoge como un abrazo protector que me anima a tirarme de cabeza al cuarto de los trastos.

Hemos recibido todos ciertas instrucciones de cómo ejecutar este trabajo de recapitulación, aunque para mí no es la primera vez. Así comienzo saludando al árbol en las cuatro direcciones agitando en mi mano una sonaja que arropa mi voz y acalla mi mente, también construyo un círculo alrededor del árbol que limite y proteja el camino en giros que estoy emprendiendo.

Ahora mi tono de voz se ajusta a una melodía y parece que canto, la canción de mi vida. No sé a dónde voy pero empiezo a girar, caminando, alrededor de este aliado del mundo vegetal que me sonríe desde su quietud, deseoso de recibir las emociones de las que él carece.
No es importante saber qué decir, tampoco saber qué quiero recapitular – es importante hablar en voz alta y dejar que las palabras y la expresión tomen el poder esta noche; así pretendo hablar de todo, sin pensamiento, esperando que poco a poco sean mis tripas y todo su contenido quien se exprese a través mi voz… soy una niña pequeña ahora tengo tres años y miro la cara de mi padre, me invade su tristeza y sé que tiene miedo, y yo tengo miedo también como si pasara algo malo; debe ser por mi culpa que pase esto malo, ahora no veo a mi madre y estoy sola en mi casa, tengo mucho miedo de esta soledad…

Mi cuerpo se mueve alrededor del árbol, mi voz no se calla nunca y dice la verdad que contiene mi vientre, toda la vivencia pasada que no pude digerir cuando ocurrió y se quedó pendiente de la luz de la consciencia, me muevo girando en torno al árbol y empiezo a marearme, agito la sonaja con fuerza y un camino oscuro alrededor del árbol se hace nítido como si bajase por una escalera de caracol hasta el sótano de mí misma, para poner orden en el caos emocional de una niña pequeña secuestrada en un mundo de adultos, y tengo miedo, proyecto mi sombra en las sombras oscuras de la noche y, como si fueran fantasmas que me asolan, revivo el miedo infantil a la soledad, al desamparo. Ahora tengo miedo, miedo de verdad, y respiro sin dejar de caminar en el círculo del árbol, respiro, respiro mi miedo con agitación, acompañando yo adulta a la niña que fui y que hoy reaparece, pues nunca se ha ido, y grito mi miedo desde las tripas, desde lo hondo de mi vientre, sólo grito, tengo miedo, tengo miedo a morir, tengo miedo a este desamparo, y grito como un animal herido, hasta que empiezo a llorar, y ráfagas de imágenes llegan a mi visión, estoy sola en mi habitación, estoy sola y me escondo debajo de una mesa esperando que vuelva mi abuela a casa, me despierto en la noche y no hay nadie conmigo, y me agarro con fuerza a los barrotes de la cuna, con un miedo enorme a salir volando y desaparecer, a morir por ser tan frágil, tan vulnerable, y no tener protección…

Me detengo y me abrazo al árbol, ahora mis lágrimas en esta oscuridad me consuelan, no juzgo qué me ocurre, ni trato de comprenderlo, sólo vivo la emoción con toda la intensidad que manifiesta, dejo que mi organismo se regule por sí mismo, he prometido confiar en el proceso y sólo puedo entregarme a este trance interno.

El miedo se disipa y el llanto se calma, ahora emerge en mí una fuerza que me da alegría, ahora soy yo quien ampara a la niña que hay en mí, yo soy mi propia madre, y eso me conecta con mi amor propio, y me doy cuenta de que no estoy sola: estoy conmigo. Y sigo mi camino, cantando lo que mi voz elige expresar, a veces palabras sin sentido aparente, a veces agarra en mí con fuerza un nuevo episodio de mi vida pasada que no pude digerir completamente cuando ocurrió y se quedó pendiente hasta hoy, y entonces me entrego a un movimiento interno desde las tripas que me lleva a un lado y a otro en una pequeña locura emocional, que me hace llorar o gritar, insultar, pedir perdón, arrodillarme en medio de esta noche tan larga, tiritar de miedo, suplicar amor, y de pronto me descubro a mí misma traspasando con conciencia una emoción no vivida en su momento y empiezo a sonreír, a dedicarme una amplia sonrisa de aceptación a mí misma, y a tener mucha paciencia con todas las emociones que no tuvieron su espacio, que no tuvieron su sostén cuando ocurrieron y que me hicieron a mi buscar desde la inconsciencia muchas veces a lo largo de mi vida situaciones externas similares, con personas parecidas, en escenarios diferentes para proporcionarme una nueva oportunidad donde vivirlas, aceptarlas y dejarlas pasar…

Pero ya está, he decidido abrazar mi sombra con consciencia y hoy, en esta noche, tengo un encuentro con ella, después de un par de horas de sudores nocturnos y alientos expandidos brota un sentimiento de gratitud en mi pecho y prosigo mi paso, ahora más lento, rozando con mis manos la textura del tronco de la encina como una caricia amorosa, y puedo ver en las sombras de la noche formas y colores que me evocan los rostros de mis abuelos, ahí a lo lejos en la vegetación del monte observo a mi padre sonriendo, y recibo de ellos un amor delicioso que no conoce el tiempo y que siempre estuvo presente para cuando yo quisiera tomarlo plenamente. Y me nutro con alegría gozosa de este alimento para mi corazón. Y todo mi cuerpo acepta con vitalidad este regalo, y mis músculos me hacen danzar como un niña tranquila y serena. Y mi canción se torna alegre y graciosa, creativa, a veces como el aullido de un lobo, a veces como el sonido del agua, a veces como un juego de sílabas sonoras que se convierten en risa.

Poco a poco busco allí mismo -al lado de mi árbol- un lugar donde descansar. Con una esterilla y un saco me entrego al sueño desde este sabor amoroso que se me ha quedado de la experiencia. Y me duermo… y me despierto casi sin darme cuenta con la luz de la luna llena inundando mi rostro; casi sin abrir los ojos me siento como una niña absolutamente inocente cuya madre le da un baño de agua clara, luminosa, blanca, y le acaricia la piel desnuda, sin miedo a la vulnerabilidad, vulnerable para poder experimentar una sensibilidad sin límites.

Al amanecer el grupo se reúne cada uno a su ritmo en un punto de encuentro pactado previamente. El abrazo con la sombra vivido con intensidad relaja las facciones y suscita sonrisas, con un intento poderoso se desatan los nudos emocionales provocados en el pasado que son actualizados por nosotros mismos cada día desde la inconsciencia. La recapitulación libera nuestro organismo de lazos antiguos y le devuelve su vitalidad, su fuerza, su poder, para afrontar lo nuevo que la vida nos traiga.

Desde aquí te saludo encina preciosa que me acompañaste aquella noche de luna llena.

2 Responses

  1. luis salas

    veo la foto inicial de el texto…la rueda colorida con el ojo en su centro y por primera vez se que significa……es el tunel de eternidad que ante mis ojos destelleó vivo y traslucido los colores de el arcoiris en sus rayos tras un pago a la tierra hace años ya….

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