Nostalgia de la inocencia

Para mí esta noche, trece de Enero, ha sido muy movida internamente. Por dos veces me he sentado en la cama a meditar porque una emoción, que se parece a la nostalgia, movía mis entrañas en medio del sueño y una presión desde mi inconsciente me empujaba a huir de su presencia. Estos bruscos despertares, con una leve agitación cardíaca y una enorme inquietud interna, me han puesto delante de esa debilidad, más propiamente masculina, que sentimos ante las emociones intensas, y especialmente irresolubles.

Por eso me he resistido a bajar una vez más al vientre, para alcanzar ese estado de sobriedad que nos hace flotar por encima de los sentimientos cambiantes, y he buceado en el fondo del lago. El rostro de mi hija pequeña cuando era niña (ahora tiene quince años), los juegos y abrazos (su voz, su manera de moverse) que de repente se transforman en una adolescencia bastante inalcanzable, una y otra vez. Enseguida los rostros de mis otras hijas y la imagen de mi madre joven, luego mayor, y luego joven, con una de sus nietas en brazos, paseando… Pero yo volvía voluntariamente a la imagen de la niña pequeña y de la sensación de pérdida, del paso del tiempo como una especie de agresión a la inocencia infantil.

No hablo de nostalgia por lo vivido, ni de nostalgia por el tiempo pasado, ni de un deseo de retorno a ningún lado. Nada de eso en medio del proceso. Tan sólo el tiempo y las infinitas muertes del instante vivo, la mente como destructora de la inocencia de lo real y también como camino de evolución imprescindible, pero no por eso menos doloroso… Mi vida es tan intensa que nada del pasado me atrae más que este preciso momento, al enemigo ni agua. No, de lo que os estoy hablando es del tiempo como maestro, como destructor de esperanzas, del tiempo como tortura ilusoria de la forma, que envuelve a nuestra alma inmortal y siempre joven. Bebé, niña, chica, joven, adulta. ¿qué se pierde y que se gana en cada una de esas etapas? ¿cuáles son las claves de paso? ¿Por qué, en mi caso y quizás en el tuyo, esa mentira del tiempo se convierte en un monstruo a disolver que nos agarra con su garra el corazón?

Como hombres no tenemos ganas de mariconerías, Y este sentimiento de pérdida por el paso del tiempo es tan aplastante, especialmente en lo que se refiere a los hijos, a los padres y a los seres que amamos, que preferimos salir por la tangente y evitar esa enorme vulnerabilidad que nos provoca este tipo de emociones. No podemos hacer nada para cambiar el paso del tiempo, así que ¿para qué? Pero la pregunta toca en el centro de la enseñanza del Buda Sakyamuni con sus cuatro nobles verdades, o en la enseñanza del Cristo sobre la resurrección de la carne. Sabemos que en otras dimensiones podemos asumir la edad que mejor nos convenga, y así será nuestro futuro hasta disolver los cuatro cuerpos etéricos y vivir la verdadera muerte del fin de las formas. ¿Cómo nos agarra un rostro y un nombre familiar? ¿De que irreparable porción de nuestros cerebros surge esta tortura, que está basada en la ilusión de la separación?

En la meditación matutina de un par de horas, he vuelto a este tema y me he centrado en ese malestar íntimo que produce el tiempo escapándose como arena entre los dedos. ¿Cómo, aún sabiéndolo, hay algo en mí que se identifica con la carita infantil, en vez de contemplar la irradiación luminosa y sin forma de su espíritu? Nada nace y nada muere, me repetía una voz cantarina, mientras sentía el descenso de la energía vibratoria de la Shakti universal, pero en tanto y cuanto estemos encarnados seguirá palpitando el vínculo con las formas.

Luego he tomado dos mandarinas y me he sentado a escribir unas líneas, en principio sólo para compartir con los participantes en el encuentro de “Sólo hombres” del mes que viene, pero cuando estaba todavía en la tercera línea ha sonado el teléfono. Mi hija me ha contado que esta noche su abuela, mi madre, la Juanita, ha volado suavemente con su siglo encima, hacia los brazos de su amado. Ella también ha tenido una noche memorable,  y en sus sueños no han faltado los tangos, que tanto gozaban en vida.

Que haya paz y alegría en tu corazón, bonita. Y que, desde donde ahora estás, participes en la fiesta planetaria que se acerca. Porque juntos cabalgaremos el Viento de la ascensión.

Esta noche te veo. Hasta luego.

Miyo

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