EL SUSURRO AMOROSO DE LA MADRE TONANTZIN

Una noche de Abril, hace ya tantas primaveras,

sentado en brazos de un roble milenario, viejo amigo,

tuve la dicha de escuchar por primera Tu voz,

de sentir el latir sosegado de Tu corazón.

Y desde entonces, madre Tierra, Diosa juvenil, amante y bruja sabia,

de cuántas maravillas  has colmado mis noches y mis días,

poniendo un toque de perfume y de polvo de hadas en mi corazón.

Ahora, como caballero templario que no respeta el miedo,

me he nombrado Paladín de tu élfico jardín de flores y semillas,

recorriendo y defendiendo para siempre tu eterna primavera.

Te he ofrecido mis ojos para que puedas contemplar tu belleza etérea,

mis manos para que vueles bajo el tupido velo del encinar y el hayedo,

mis pies  de vagabundo para que los humedezcas caminando sobre las aguas.

Todas las montañas penetrando las cuevas-útero de tu cuerpo,

todas las tormentas germinando con elixir celeste las hierbas de los campos,

todas las aves contemplando con ojos maravillados los paisajes nubosos,

todos los frutos de fuego y los amaneceres de estrellas en la hoguera de mi Ser.

Me he sorprendido de mi propia vitalidad y energía que es la Tuya,

para recostarme finalmente al atardecer sobre tus huesos de piedra

observando largo tiempo la pulsación irisada de la estrella Sirio,

que tantas maravillas me ha mostrado palpitando al unísono con mi corazón.

Poco a poco he resbalado sobre mi barca de cielo hasta los confines del mundo

y he olvidado que tengo un cuerpo y cual es mi misión en esta vida.

Lo que no tiene nombre me ha llamado con ecos de eternidades sin fin,

desenvolviendo el misterio de un silencioso grito de éxtasis ardiente.

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