23 de Agosto: La naturaleza mágica


Hoy en día ¿quién es capaz de mirar desnudamente a la naturaleza y ver la magia y el misterio que encierra cada uno de sus cuatro elementos o cada uno de los seres que pueblan sus cuatro reinos (mineral, vegetal, animal y angélico)? ¿Cuántos de entre nosotros al pasear por los montes van más allá de poner nombres a los árboles o las plantas medicinales que conocen, más allá de la belleza estética, o simplemente trascienden el simple placer del contacto con el manto verde de la diosa y la respiración profunda del aire de la montaña? Ya no hay quien escuche atentamente los mensajes que llegan a través de la voz del agua o del viento, quien dialogue con los devas y dríadas de los árboles o quién reciba el viento de manera sagrada en la soledad del atardecer.

Hemos perdido la capacidad para percibir lo sutil, la curiosidad de nuestra alma infantil, la fuerza para atravesar los velos de lo desconocido. Se trata de volver a invocar el poder del sol y sentirnos como una esfera dorada irradiando luz en todas las direcciones. No sólo estar abiertos a todos los mensajes sensoriales que nos llegan desde los seres vivos que nos rodean, sino penetrar en lo invisible y abrir los sentidos sutiles a la voz del silencio, a la danza del viento, al flujo eterno del agua. Sentir, oler, respirar, percibir los sentimientos de las piedras, los lugares de poder, las fuentes y las llamas de la hoguera.

Ambos sentidos, derecha e izquierda, externos e internos han de estar sincronizados para que el resultado sea mágico. Es como un continuo estremecimiento recorriendo nuestra alma, una sensación de libertad y de comunión intensa que despierta nuestro lado primitivo, salvaje, infantil. Como si desde el corazón escuchásemos la voz de Gaia reconociéndonos como sus hijos, revelándonos sus secretos y empujándonos a la libertad.

Está el ojo predominante (haz un círculo con el índice y el pulgar y enfócalo en un objeto con los dos ojos abiertos, luego cierra uno y otro y el que mantenga la visión del objeto es el predominante) que ve el tonal de las cosas, su textura, percibe lo conocido y está relacionado con el resto de los sentidos ordinarios. Luego está el ojo secundario, capaz de observar lo desconocido, ver las sombras y los seres de lo invisible, y que está relacionado con los sentimientos y la percepción de los sentidos sutiles. Podemos distinguir entre los dos ojos y caminar con uno u otro abierto a la realidad que nos rodea, hasta que seamos capaces de abrir ambos ojos y percibir al mismo tiempo el tonal y el nagual del paisaje recorrido.

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