Nadando en la roca


[ Una ensoñación de Manuel Sánchez ]

Comienzo la ensoñación yendo a Heidhakhan. Directamente voy al río que atraviesa el valle. Allí hay también fuegos sagrados que ofrecen rituales a la Divina Madre y la cueva donde apareció Babaji. El río es el Gautama Ganga, que, aunque todavía estemos en la estación seca, ofrece un generoso canal de agua cristalina y fría proveniente de los Himalayas. Del río vuelo al otro lado del valle, donde se encuentran los 9 templos de la Madre Divina y el Duni grande. En el Duni estoy un instante observando el Havan que están ofreciendo. Vuelvo a emprender el vuelo hacia el otro lado del valle. Voy al Duni pequeño. Es de noche, camino ya de la madrugada. Participo en un pequeño Havan. Oigo el crepitar de las semillas mientras caen al fuego. Siento el frescor de la última hora de la noche, apunto ya de comenzar a clarear.

Miyo nos invita a establecer un vínculo con ese lugar a través de unos filamentos que nos salgan del vientre. Así lo hago, y emprendo el vuelo hacia el otro lado. Un guardián me recibe en la entrada. La oscuridad total me envuelve. Tan sólo veo una especie de máscara que no acabo de reconocer si china o azteca. Finalmente la máscara se convierte en una cabeza de dragón chino. Después muestra su cuerpo serpenteante. Le pido permiso para entrar al otro lado, le doy las gracias por permitírmelo, y le pido perdón por cualquier cosa que pueda modificar. Durante un instante me da la impresión que es el propio dragón el que me lleva en su espalda cuando emprendo el vuelo.

Volamos hacia las rocas. Las rocas pequeñas se convierten en una roca enorme, que se convierte en Montserrat. Nado en la roca. Al principio en la superficie, finalmente me sumerjo totalmente en ella. Soy acogido por su frescor, por su paz, por su serenidad. Cada vez me voy sumergiendo más y más en ella, hasta que llego a una cueva llena de cristales transparentes. Me da la impresión de que he llegado al corazón mismo de la montaña.  Allá encuentro un espacio justo para sentarme rodeado de cristales que vibran y desprenden luz. Los cristales me hablan, y me dicen que si quiero recoger y canalizar de forma adecuada  su energía, he de trabajar con mi cuerpo físico.

Miyo nos indica que emprendamos el vuelo hacia otro lugar. En ese instante siento que me estiran de la parte alta de la cabeza, y que todo el cuerpo va detrás. No recuerdo el nombre de ese otro lugar. Sé que hay un puente de piedra, una cueva, un altar, y que el resto del grupo me acompaña en esta nueva experiencia. Apenas veo el puente y el altar, entro directamente en una cueva que es amplia, donde cabemos todos. Siento la presencia del grupo no a mi alrededor, sino dentro mío, como si las diferentes energías de los componentes del grupo se hallasen en ese momento en mi interior. Tengo los brazos a los lados y siento cómo tengo las manos cogidas con manos.

En la cueva están Nanita y Enrique esperándonos para darnos a cada uno de nosotros un mensaje. A mí no me dicen nada. Tan sólo cantan y toca la maraca. Mientras lo hacen, siento muy vivamente calor en el lado derecho de mi pecho. Un calor muy agradable y concreto, que va bajando hacia el centro hasta plexo y el ombligo.

Nuevamente se nos invita a ir a otro lugar. Me convierto en un árbol enorme, muy alto. Siento como mis raíces se hunden profundamente en la tierra, fresca, acogedora, y cómo mi copa se alza con fuerza hacia el cielo. Siento perfectamente cómo soy un puente entre el cielo y la Tierra. Siento cierta tristeza por lo que los seres humanos se hacen a sí mismos cuando agreden a otros como yo. Allí estoy un rato sereno, meciéndome al sol, sintiendo la brisa del tiempo.

Y completo volviendo a mi cuerpo.

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