Suicidio


Ha vuelto a suceder. Esa experiencia dolorosa de alguien cercano que decide voluntariamente marchar, abandonarnos, sin más. Sin posibilidad de vuelta atrás. Ya no hay nada que hacer. Ya no es posible intentar animarle, decirle que le queremos, que el mundo es peor sin él…

Otra vez un dolor desgarrador, una sensación de incredulidad, de incapacidad de imaginar lo que sin duda ha sucedido, y lo que significa. Ni tan solo existía una leve sospecha… Y pensar en esos instantes previos, imaginando lo que piensa mientras escribe unas letras de despedida, sintiendo el dolor que le produce su decisión, el miedo que siente, y la desesperación con la que vive y que sin duda quiere calmar poniéndole fin a todo.
Y vienen a la mente una y otra vez los momentos vividos, las risas compartidas, y vuelve la incomprensión. Y vuelta a empezar, cada poco rato las mismas sensaciones…

Y, ¿Qué hacer? ¿Cómo sentir? ¿Cómo aceptar?

Me viene a la cabeza el libre albedrío. Pero, ¿qué repercusión tiene en estas fechas quitarse la vida? ¿Podemos hacer algo por quienes deciden tomar este camino? ¿Es sólo egoísmo el dolor que se siente?

También siento algo parecido a miedo. Es una realidad más habitual de lo que imaginamos, y los motivos que llevan a ella, podrían menospreciarse fácilmente. Cada vez me siento más incapaz de juzgar las conductas ajenas. Cada vez soy más consciente de que detrás de lo que se muestra, existe una realidad a veces muy diferente e incluso dolorosa. Y ¿cómo puedo valorar pues lo que no veo? ¿cómo puedo criticar, o negar mi ayuda a quien puede estar necesitándola hasta el extremo?¿cómo puedo anteponerme a quien sin duda necesita más? Yo, que lo tengo todo, aún sin tener nada…

Es increíble ver cómo, muchos años después de lo sucedido, las risas de los amigos reunidos entorno a los recuerdos de lo vivido, derivan en un momento de silencio y gestos de evidente dolor al recordarle, que intentan romperse con un drástico cambio de tema, para devolver la tristeza de la pérdida al interior, justo al lado de esa profunda sensación de amor que aún nos vincula con esa persona, que de saber lo especial que era, nunca se hubiera marchado voluntariamente de nuestro lado…

Con todo mi amor, y mi Luz,
Marc y Quim

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Hola María,

Ese intenso recuerdo y esa comprensión que emana de vuestra carta, nos pone otra vez delante de ese absurdo existencial que es la muerte como pérdida, como separación, como ruptura, como abandono… Y ¿cómo logramos entrar hasta el fondo de esa experiencia vivida por un amigo, por un ex, por un familiar cercano? Sólo si nos empatizamos con él o ella a través del recuerdo de nuestras propias muertes, nuestras ganas de tirarlo todo por la borda, nuestra tentación de dejar a un lado las responsabilidades y romper la baraja. Pero también se trata de un dolor lacerante, una emoción intensa que nos ahoga y nos abduce, hasta retrotraernos a las angustias más primarias de la infancia en relación con la pérdida de nuestra madre.

Nadie nos enseña la administración de las emociones, no hay asignatura para eso. Nadie nos enseña a ser hombres y a descansar en la serenidad del vientre, nadie nos dice cómo podemos abrazar al dragón de nuestros miedos, nadie nos enseña a trasmutar el caos del huracán emocional cuando nos sentimos abandonados, traicionados o rechazados.

Por nuestra parte hemos de practicar la desidentificación y el desapego, dejar partir, asumir las diferencias entre los caminos de cada uno, agradecer a la vida por el tiempo compartido en vez de lamentarnos por su partida. Si nos mueve tanto es que la sombra de nuestro dragón se mueve, el miedo a la muerte nos marca los pasos, la sensación de dolor y absurdo que ha llevado a nuestro amigo al suicidio es reflejo de nuestro propio sinsentido, y su decisión nos mueve a replantearnos la estupidez de nuestra propia vida cotidiana. Quien se va, por cualquier causa desesperante, vuelve de nuevo a la Tierra para enfrentar la misma situación en otras condiciones vitales, para ver si esta vez logra superarla a través del amor, del servicio a los demás, de la meditación o de la resolución de sus propios conflictos infantiles.

No existe más juicio que nuestra propia culpabilidad (sólo tu puedes castigarte), no hay nada como bueno o malo en el universo. Todo lo que una chispa encarnada realiza es adecuado para su evolución, y de ello aprende, sin más. ¿Qué podemos hacer para ayudar a los que parten así? Nosotros como concheros acompañamos durante nueve días su cruz y luego la levantamos entregando nuestra energía en una ceremonia de canto y flor, para ayudarle a pasar por las pruebas del bardo y por las decisiones a tomar para volver de nuevo a la Tierra como bebé en el vientre de otra madre receptiva. ¿Cómo ser dioses y no tener ni siquiera derecho a irnos cuando nos apetezca?

El pecado del suicidio deriva de los tiempos en que la vida de los trabajadores era tan dura y hacían falta tantos soldados que era mejor (para los poderosos) que murieran matando que matándose. Más tarde establecemos contacto con este ser para que nos sirva de aliado desde el otro lado y nos comunique sus mensajes. El dolor que se siente es el motor del cambio espiritual, la comprensión de que esta vida es una monumental obra de teatro, en la que el alma eterna e inmortal no puede nunca morir, ni siquiera sabe como hacerlo. Sólo cambiamos de maniquí, en este u otro plano, y seguimos la función. ¿A eso le llamamos egoísmo? Pues sí, algo de eso tiene, pero también es un grito angustioso de un ser que se sabe más allá del tiempo y de la forma encerrado en estos estrechos barrotes de la matrix cultural que está a punto de expirar en los próximos años.

Con cariño,
Miyo

1 Response

  1. Mercedes

    EXCELENTEEEEEEEEEEEEEEEE SIN PALABRAS ME DEJA MIYO, WOW, QUE HERMOSURA DE SER, QUE… NO, ESTOY SIN PALABRAS, UNA OVACON DE 1000 HORAS PARA ESTA RESPUESTA… TE AMO MIYO.

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